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“Cada trabajo individual me lo planteo como un reto para comunicarme con los demás y, con el conjunto de la obra, espero que se pueda captar mi estilo de vida, mi posicionamiento político y todo lo que me ha permitido vivir libremente”. Relacionándose con el dibujo desde una edad muy temprana, Jofre Oliveras ha desarrollado un trabajo artístico basado en un lenguaje propio con el que poner en duda tanto sus propias convenciones como los convencionalismos sociales.

Su particular visión de la creación artística lo ha llevado a participar en proyectos como Tàpia, en la Nau Bostik de Barcelona, donde ahora se exhibe una de sus ultimas creaciones: Terrorist Grandma, un mural que pretende poner en entredicho las actuaciones policiales. Sin desvincularse de la actualidad, sin renunciar a la vertiente más comunicativa del arte y al espíritu crítico y entendiendo la creación como la expresión de uno mismo, él se mantiene firme en que “la autocrítica es un proceso fundamental para generar cambios y avanzar.”
Jofre, antes de entrar en materia, cuéntanos un poco sobre ti. ¿Cómo fue el proceso de desarrollar interés por el arte hasta querer convertirte en artista?
Mi padre era dibujante y me dio un punto de vista crítico con mi trabajo. Desde muy temprana edad, tuve relación con el dibujo. En clase siempre dibujaba y desarrollé gusto por el arte clásico cuando fui creciendo. Cuando salía con los amigos, un entrenamiento fueron los sprays, pero nunca me lo tomé en serio hasta ser más mayor.
La gestión cultural fue el método para entender cómo funcionaba el mundo del arte y la cultura y, poco a poco, formé parte del panorama cultural de la ciudad de Girona, haciendo mis propios eventos y gestionando propuestas que ya estaban en marcha. Pero llegó un punto en que me cansé de todo y decidí hacer solo mi trabajo artístico. Eso fue posible gracias a que mi estilo de vida está vinculado a la vida en comunidad. De este estilo, he podido vivir sin preocuparme del dinero y dedicar mucho tiempo a mi creatividad. Aquí empezó realmente mi trayectoria artística.
La reflexión y el activismo van implícitos en cualquiera de tus propuestas. ¿Crees que el arte debe estar ligado a la crítica y al debate? ¿Las creaciones artísticas son una buena vía para mover consciencias y generar cambio social?
Creo que el arte es la expresión de uno mismo y, en este sentido, el crecimiento personal es necesario para la evolución del trabajo creativo. Para mí, la autocrítica es un proceso fundamental para generar cambios y avanzar, por eso mi trabajo está basado en poner en duda mis convicciones o los convencionalismos sociales. Seguramente mi formación académica (Filosofía y Comunicación) me condicionó a entender el arte desde su vertiente más comunicativa, centrándome en generar mensajes que fueran claros y llegaran a la gente. Pero, ciertamente, usar el arte como una herramienta de trabajo social le da mas razón de ser frente un mercado que le ha quitado todo el sentido.
A partir de aquí, plantear si el arte mueve consciencias o no, creo que podemos pensar en cómo influenciamos a los más jóvenes a ser libres o darles ideas más o menos atractivas. Sobre todo, en dar a conocer estilos de vida alternativos, que no estén basados directamente en ser productivos. Pero, por ahora, lo que podríamos hacer realmente revolucionario con el arte es usar las audiencias de cada artista para trabajar en un proyecto colectivo que se centre en hablar de temáticas de emergencia en los lugares más conflictivos o donde es necesaria la acción directa.
Una de las instituciones con la que eres más crítico es la academia, por ejemplo, el mural Academia o la propuesta de arte callejero Academias de arte. ¿Hasta qué punto consideras que es imprescindible la formación académica? ¿Hay demasiado amaneramiento en las instituciones de estudios artísticos? ¿Tienes alguna experiencia personal que pueda ilustrarlo?
Considero que la formación académica es necesaria, lo que no es necesario es aprender desde el sistema educativo que tenemos, basado en la productividad. Simplemente soy crítico con todo lo institucional y lo preestablecido. Desde mi punto de vista, no hay que limitar el ámbito de crecimiento personal y aprendizaje, simplemente hay que ofrecer recursos para crear valores. Todo el mundo debería poder tener al alcance una educación que se adaptara a sus gustos y que, de este modo, cada persona fuera responsable de su crecimiento.
Casualmente, los países con mejores índices de aprendizaje en Europa están basados en una enseñanza más utópica, donde las personas son responsables de su propia trayectoria y tienen la capacidad de escoger qué quieren aprender. Es posible acercarse cada vez más a la utopía si realmente se integran las conductas en la realidad cotidiana. Simplemente, hay que responsabilizarse de las decisiones que uno debe tomar para acercarse a su meta.

Además, la formación artística está muy ligada al poder económico; no cualquiera, independientemente de si tiene talento o no, puede permitirse formarse en este ámbito. ¿Piensas que, en términos generales, el mundo del arte es elitista?
Lo que es evidente es que las personas más privilegiadas tienen más facilidades de aprendizaje creativo, tienen más recursos y esto se nota en diferentes aspectos. El mercado del arte, a su vez, es cierto que, a través de academias, galerías, museos, instituciones y casas de subastas, ha generado una producción elitista de arte que se refleja en un estilo de producción más conceptual que ha alejado el espectador del creador. Pero a todo esto están los movimientos contra-culturales, artistas callejeros que apostamos por un arte cercano a la gente. Si uno quiere formarse solo tiene que buscar buenos referentes.
Tus creaciones ocupan siempre espacios urbanos, ¿hasta qué punto condiciona el contexto tu obra? ¿Se sigue viendo el street art como una actividad delictiva?
Es cierto que para mí, una obra de arte tiene que tener un contexto determinado para tener sentido; el contexto determina la temática, los materiales y la técnica en la producción y el espacio de exhibición. Pero en referencia al street art como actividad delictiva, sí, debería serlo sino estamos hablando de otras formas de arte urbano que se han ido institucionalizando. Otra cuestión es que cada vez veamos menos street art y en su lugar aparezcan más eventos organizados por ayuntamientos y festivales.
De hecho, hasta el 26 de febrero participas en Tàpia, una exposición colectiva en la Nau Bostik de Barcelona en la que compartes espacio con otros artistas urbanos. Háblanos un poco más sobre qué obra estás desarrollando allí y cómo se contextualiza con las demás.
Allí se muestra una pequeña selección de los trabajos más representativos que cada artista quiso mostrar. Más que la obra o el concepto de la expo, diría que lo importante es cómo a través del comisariado de Axel Void nos reunimos todos los que trabajamos en una línea similar; la exposición es una excusa para poder reencontrarnos y generar ese sentido de comunidad. Para mí, lo más interesante que se genera en esta colectividad es que tenemos la oportunidad de aprender juntos, y lo hacemos a través de residencias o en formatos como esta exposición.
A través de tu propuesta, cuestionas muchos de los principios del sistema establecido. ¿Cuáles son las principales bases del sistema que crees que se tambalean? ¿Ser crítico con esto te ha podido ir en contra?
No creo que sea yo quien tenga que numerar los principales puntos donde el sistema se tambalea, cada uno lo verá en su ámbito. Y el sistema, aunque sea burocrático en su procedimiento, lo formamos las personas, y es responsabilidad de cada uno decidir la medida en que quiere formar parte o de la forma que quiere participar. Ser crítico siempre me ha ayudado pero es cierto que puede generar problemas cuando cuestionas las ‘autoridades’. De momento, mis mayores problemas son multas acumuladas que he decidido no pagar.

Unsigned es una performance en vivo en la que, mediante el gesto simbólico de tachar las pinturas clásicas exhibidas en una falsa galería que fue creada para la ocasión, se cuestiona la autoría y se critica el mercado del arte. ¿Cuál es tu opinión de este mercado? ¿Piensas que, en tu caso, lo mejor que le puede ocurrir a tus obras es no terminar en un espacio expositivo convencional?
En primer lugar, quiero destacar que lo que más me sorprendió de esa acción fueron los comentarios de la gente en las redes sociales. Me di cuenta que fue muy necesaria cuando muchas personas se pronunciaron en contra. Los argumentos eran muy conservadores con la idea de ‘arte’. En mi caso personal, yo no criminalizo nada, simplemente cuestiono los intereses que hay detrás de cada formato.
Pienso que cada obra o idea tienen su contexto, y pueden ser perfectamente una galería de arte o un museo. No hay nada malo en hacer arte para que lo pueda comprar la gente y vivir de esto. Pero el mercado de arte no estaría tan mal si no se especulase tanto con el valor de las obras o de las ideas. Con el fútbol pasa lo mismo; con todo lo sujeto a la economía, hay mucha injusticia en el valor económico de las cosas y esto es lo que critico, porque incluso el valor económico es el que se les da a las personas, y esto sí que es un gran problema en el mundo.
Quizá por el carácter crítico con la sociedad, por los mensajes políticos o porque son piezas hechas al aire libre, tu propuesta artística guarda ciertos parecidos con las obras de uno de los principales representantes del arte urbano: Banksy. ¿El artista británico ha influenciado, de alguna forma, tu obra? ¿Qué aspectos compartes con su forma de ver y entender el arte?
Puede que sí que me influenciara en algún momento, pero no soy tan consciente de como, por ejemplo, creo que me influenciaron más otros artistas. Axel Void, por ejemplo, ha sido una persona que siempre ha estado presente, desde que lo conocí, y en muchos momentos me ha motivado directamente. Realmente, por quien me siento más influenciado es por mis colegas. Luego están referentes clásicos y grandes genios contemporáneos que los libros y museos me permiten estudiar. Sin duda, seguramente comparta muchas cosas con Banksy. Cuando tenga la oportunidad de hablar con él, podré saber hasta qué punto.
En más de una obra hablas de los movimientos migratorios, un tema que está al orden del día. ¿Cuál es el papel del artista en este tipo de crisis humanitarias? ¿Crees que es posible ignorar estos sucesos?
El papel del artista, en este contexto, es el mismo que el de cualquier persona: cada uno mirará el problema desde su punto de vista para tomar decisiones o no. Hay cuestiones que pueden ser más directas o indirectas, es muy complejo hablar de todo lo que se puede hacer al respecto. Personalmente, decido utilizar el arte como una herramienta parecida al periodismo. Si generamos debate, podemos llegar a generar acción política. Pero incluso puedo poner en duda la efectividad de esto porque estamos hablando de temas globales y, de momento, el arte urbano puede ser más efectivo en localidades. Como dije antes, lo interesante sería una acción colectiva que generara mucha audiencia en puntos conflictivos muy concretos.
 
También eres especialmente crítico con la cultura de masas. Un ejemplo es tu obra Seguidores, en la que pintas sobre unas ovejas un icono de Instagram. Cuando hablas de este comportamiento de rebaño, de mayorías, ¿sientes que es posible escapar de él o, por el hecho de vivir en sociedad es inevitable verse implicado? ¿Cuál es entonces tu finalidad al enjuiciarlo?
Definitivamente, es posible escapar de la masa, solo depende de cada uno. Sería como decir que la cultura de masas no le deja espacio a nuestras vidas para escuchar música o leer libros que no formen parte de lo mainstream o de lo más popular. Uno decide cómo se relaciona con el entorno. Puedes ir a comprar comida rápida o prepararte un buen plato de verduras del mercado. Incluso puedes ir cuando cierran el mercado a reciclar toda la comida que se tira para preparar conservas y cocinar buenas verduras sin gastar nada de dinero.
Tú decides cómo quieres vivir y en qué inviertes tu tiempo, es una cuestión de valores. A uno le puede parecer más fácil trabajar para pagar sus necesidades, y a otra persona le parece más fácil trabajar directamente en sus necesidades. Evidentemente, vivir en medio de una ciudad va a ponerte más difícil llegar a ser autosuficiente y, si vives en medio del campo, no vas a tener todas las comodidades que te da una ciudad.
Con el arte, yo busco provocación, y todo el mundo puede leer el mensaje desde su punto de vista. Si consigo incomodarte, tú le has dado esa lectura que te genera una contradicción que no te gusta y, si eres suficientemente abierto, eso te debería hacer plantear por qué te sientes incómodo y qué puedes hacer para que no te suceda. Si por el contrario consigo hacerte reír, significa que he captado algo con lo que coincidimos. Cada trabajo individual me lo planteo como un reto para comunicarme con los demás, y con el conjunto de la obra espero que se pueda captar mi estilo de vida, mi posicionamiento político y todo lo que me ha permitido vivir libremente.
¿Cómo crees que es, a día de hoy, la relación entre la audiencia y el arte?
La pregunta es muy amplia, pero podríamos hablar de cómo ha influenciado internet en el mundo del arte, virtualizando la experiencia del observador, generando herramientas al creador para ganar sus propias audiencias. También hay muchos ejemplos diferentes de trabajos en el espacio público y formas de generar transformación social en comunidades. Eso son solo algunos temas que se relacionarían con mi trabajo. Hay libros enteros dedicados a explicar cómo el arte se ve influenciado en la actualidad a través de la convergencia tecnológica –cómo se generaron los flash mobs, por ejemplo.
Has desarrollado un lenguaje propio, cuentas con multitud de obras, y has conseguido hacer reflexionar a muchos de los que se han cruzado con tu trabajo. ¿A qué más aspiras?
Gracias. Tengo muchos objetivos a corto y largo plazo. Quiero hacer trabajos que llamen la atención para poder dar un mensaje muy claro: somos libres, la solución de todos los problemas está en la creación de pequeñas comunidades autosuficientes.

Texto
Claudia Luque

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