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El docente y artista Dionisio González, trabaja sobre territorios reales –casi siempre lugares en conflicto–, aunque sus edificios nunca llegan a construirse “de verdad”. Charlando con él hemos aprendido de Jean Buadrillard que lo simulado es más real que lo real, en otras palabras, es “hiperreal”. También nos cuenta cómo la belleza o la armonía participan del caos, alumbrándolo todo, o cómo los problemas de la arquitectura están hoy fuera de ella y de cómo nos relacionamos a través del espacio que nos atraviesa.
¿Te hubiera gustado ser arquitecto? Tu obra está más cercana a su tipo de hacer, también porque tratas de mejorar la vida de la gente en los lugares donde desarrollas tus proyectos, desde una Isla en el Golfo de México, a otra en Vietnam, por ejemplo; tratando de ofrecer respuestas a los problemas del mundo. Quizá aquí podemos traer lo mencionado por Martin Heidegger: “el arte es una forma de valor”.
Así es, Heidegger, también, mencionaba como únicamente podemos habitar desde el desarraigo y continuando con este concepto. He visto como comunidades irregulares aparentemente afianzadas en metrópolis como Sao Paulo eran demolidas, sus habitantes desahuciados emprendían una trashumancia que los llevaba a otra periferia, a otro asentamiento como un apotegma o una sentencia sobre el soliloquio que es siempre la errancia.
La desigualdad provoca movimientos, bien un efecto de verticalización o, por el contrario, de aplastamiento, de horizontalidad. Estos últimos conforman una fenomenología de precarización de las estructuras que acompañan a muchas de las grandes conurbaciones. Esa especie de latencia ‘discreta’ de las ciudades se encuentra al margen de la escritura o la planeación de los geómetras. De ahí que su única actuación sea la generación de barreras físicas y simbólicas y la extirpación de aquellos barrios precarizados que ‘afean’ el núcleo del cuerpo histórico.
Mi experiencia en las visitas a diferentes ciudades con altos índices poblacionales es el de la confrontación con lo que Teresa do Caldeira Pires definía como estética de la seguridad. Que no es sino un alto grado de especialización de la arquitectura urbana para gestionar espacios vetados o Interdictory Spaces que separan a las clases privilegiadas de los ‘guetos’ excluidos. En definitiva, es ese miedo al pobre o a aquel que, diferente, utiliza los recursos que el otro considera propiamente suyos o inherentes. Bien por soberanía, estatalidad o jerarquía social, el que posee autoridad reconocida articula y regula el espacio como un entorno prosaico de semejanzas.
¿Cómo funcionas en estos lugares? 
Mi labor sobre estos espacios informales consiste en crear una red de teorías que tienen que ver con la generación de tejido empresarial en estas zonas marginales, que son áreas o espacios sin tiempo ni oportunidad, bien proponiendo menos cargas impositivas a las empresas privadas para la construcción de sus sedes en estos territorios o mediante la proyección de edificios públicos: pabellones, juzgados, parques etc. Esto genera una matriz racional de eficiencia productiva. A continuación, hay que evitar el peso muerto de su presencia, es decir, la obsolescencia del edificio o edificios y, fundamentalmente, su proscripción, en suma, su aislamiento. Esto se consigue mediante la creación de un plan urbano que acompañe los requerimientos del edificio: redes viarias, zonas de servicio o restauración.
Siempre teorizo el trabajo en una fase originaria e investigativa que considero parte del proyecto, más allá de su cristalización en imágenes. Luego trazo sobre territorios reales, casi siempre en conflicto, un trabajo de proyectista con un ánimo más propositivo que sustitutivo y, cómo indicas, esta labor está muy próxima a la arquitectura. Más aún si entendemos que los problemas de la arquitectura se encuentran hoy fuera de la arquitectura.
¿Qué nos puedes contar acerca de la idea de vivienda como refugio?
Te puedo contestar a través de la experiencia de Ludwig Wittgenstein que, por otra parte, es la serie que me ocupa en estos momentos. Wittgenstein bosquejó y planeó en 1914, en Noruega, la construcción de una casa de madera en la abrupta vertiente del lago Eidsvatnet, a una milla aproximadamente del pueblo. En ese pequeño espacio, sobre un talud, Wittgenstein había encontrado la tranquilidad necesaria para trabajar de forma ascética, como un eremita, en sus estudios de lógica.
Una vez determinó la localización para ‘emboscarse’, para desaparecer y concentrar el trabajo del pensamiento y la contemplación, construyó la casa y un pequeño embarcadero. Para acceder a ella había que atravesar en barca el lago o caminar sobre el hielo en los meses de invierno. Fue construida sobre una plataforma de piedra, propia de la arquitectura vernácula y en madera, con troncos horizontales, el tejado de pizarra y las habitaciones a distintas alturas con una de sus fachadas asimétrica.
Este construir desde el apartamiento con la finalidad del estudio y la observación es la forma en que Wittgenstein buscaba el sentimiento de la fuga del mundo, del desvío hacia algún sitio u otra manera, ningún lugar o nadie. Es un constructo aparencial, una extensión abertal en medio del espacio ilimitado y el frío analgésico. La fuga cristaliza a través del crudo invierno, a través de los paisajes nevados y el aire limpio y cortante. El viaje que emprende, literal o simbólico, es, a menudo, entre cordilleras y frentes de nubes admonitorias que apenas se disgregan como cortinas rasgadas, entre las cimas rocosas e indican al fugado por qué ladera puede atravesar el invernizo de la soledad inflamada.

Hablamos de La Cabaña de Wittgenstein, ¿verdad?
Sí, esta analiza esa primera ordenación estructural de la arquitectura que es la cabaña. Sobre las casas de madera operan, aún hoy, conceptos inafectados y genuinos que las relacionan con objetos tardorománticos que proyectan debates sobre la singularidad y la franqueza. Sobre estadios icásticos esenciales donde se vive en un orden severo y espartano en contacto más directo con el medio natural, y en relación con la subsistencia y el tiempo para la reflexión.
Las construcciones de madera e interiores de madera, por sí solos, actúan como aislamiento, al contrario de lo que sucede con otros materiales. La posibilidad de incrementar estos valores con mayor facilidad que en los sistemas tradicionales, y con menor pérdida de superficie útil, hacen que la madera sea un material ampliamente utilizado en los países de climas extremos. Las propiedades acústicas de la casa de madera son excelentes, pues esta absorbe las ondas que recibe; es una casa silenciosa.
La Cabaña era (es) de muros revestidos en escamas de madera. Heidegger siempre sugirió que la filosofía transmutaba el paisaje en palabras a través de él, casi sin intermediarios como el único desplazamiento y trámite entre la eutimia y el espacio. Finalmente, el refugio tiene que ver con el desapego. Aquel que se refugia se encuentra desapegado de un orden social, de un establecimiento legitimado, de sus órganos de poder y de su instrucción y sus reglas que, en definitiva, coaptan y ajustan la vida. Como indica Aldous Huxley, el desapego solo es negativo en cuanto término. Su práctica requiere el ejercicio de todas las virtudes. Por eso, el desapegado contempla un apego trascendente en relación a la cosmología y lo intangible.
Las obras de Antonin Artaud como El teatro y su doble, pretenden levantar al espectador de su condición de consumidor pasivo. ¿Qué importancia tiene esto para ti?
Estas experiencias de subversión son muy interesantes. Por una parte, observamos perplejos lo que Bauman llama la sobremovilidad contemporánea, que tiene un especial ajuste en algunas redes sociales como Instagram y esa idea felicitaria y trivializada de los viajes quinquenales y, por otra parte, asistimos a un sedentarismo laboral sistémico. Pero, quizá, el sedentarismo más endémico es el ideológico, esa corriente reaccionaria con cimientos profundos que sanciona cualquier ajuste que se encuentre más allá de sus significados institucionales, fórmulas rígidas y totalizantes que postulan conceptos genealógicos como el Brexit.
¿Has pensado en hacer realidad alguno de tus edificios?
Sí, esa posibilidad se ha dado en bastantes ocasiones. Por ejemplo, en Nueva Caledonia, Australia, Costa Rica, etc. Pero en cierto modo, esas peticiones que tenían una finalidad lúdica y especulativa (resorts o escuelas anfibias de surf) se alejaban de forma acrítica de mis verdaderos intereses sociales y de los enclaves, casi siempre problematizados, para dónde fueron pensados los edificios. Siempre he desestimado esas propuestas.

¿Nos puedes de hablar de algún proyecto que te entusiasmara en especial?
Uno que hice en Corea del Sur. Durante la Guerra de Corea (1950-1953), que dejó gran parte de Corea del Sur devastada, la ciudad de Busan también fue dramáticamente alterada. En las primeras etapas de la guerra, una vez que las fuerzas norcoreanas conquistaran Seúl, un gran número de surcoreanos se vieron forzados a huir hacia el sur a Busan, que se convirtió en la capital provisional del Sur. Este fuerte influjo de refugiados llevó a la creación de vecindarios provisorios que se expandieron como maleza a lo largo de las laderas de las colinas circundantes y que se mantienen hoy en día. Las autoridades de la ciudad de Busan y los alcaldes de los distintos distritos me propusieron hacer un estudio de intervención sobre las colinas degradadas que rodean a la metrópolis, ajamiento provocado por un proceso de acampamiento habitativo disfuncional y urbano generado en los años diaspóricos o migratorios de la guerra y posteriormente, durante el apogeo industrial.
De esta experiencia nace también por parte del conjunto de todas estas instituciones la idea proyectual y constructiva de llevar a la práctica real; en definitiva a un plano físico y funcional, residencias de estudiantes como medio de alternancia y convivencia entre la lícita tenencia de las barriadas provisorias.
¿Qué te llamaba más la atención en este proyecto?
No desde el desacoplamiento o la demolición sino desde el empleo de elementos que rearmasen una contextura empresarial y combatieran la repugnancia inspirada por los suburbios. Me propusieron el diseño de múltiples edificios que sanearan la zona: una biblioteca, un mirador, un instituto, un polideportivo etc., varios diseños estaban ya cerrados. Solo la crisis financiera global de 2008, tras el colapso de la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos y las hipotecas subprime, acabaron por paralizar este planeamiento.
¿De dónde nace tu obsesión por los lugares donde conviven el caos y la belleza?
Hay teorías que sostienen que las formas sociales emergen, bien para dar respuesta a los orígenes del caos originario o para ratificarlo y revalidarlo en un retroceso histórico. Nuestra sociedad contemporánea y su consecuente escenario del caos, no es mayor ni menor dentro de un curso originario, pero sí parece emprender nuevas dinámicas. Porque la teoría del caos social no necesariamente inquiere en que este frene o paralice a las sociedades, en cierto modo, puede dinamizarlas. Con la pandemia hemos visto cómo aparecen nuevos dinamizadores del escenario social y económico, a la vez que se saturan y colapsan, no solo los recursos sanitarios y hospitalarios, sino nuestra propia salud mental y nuestros registros de gestión de la crisis, ya sean financieros o humanitarios.
El caos, más allá de la pandemia, cursa de múltiples formas. Lo que parece es que ha habido un período largo de estagnación que dará paso a un proceso de desedificación y de desinversión. Porque si –como los politólogos advierten– iremos hacia un ultraecologismo integrista, esto será debido a una perversión sistémica del empleo de los recursos y la gestión de los residuos; y este es excedente o tara. Su acumulación, no siempre en vertido controlado y en lugares geológicamente estables, genera espacio estratificado donde lo vertido, una vez ha perdido incidencia, conjuga un espacio otro: una heterotopía. Un umbral donde se yuxtaponen dos conceptos irreconciliables; la obsolescencia programada y la huella ecológica. Ese impacto ambiental que se mide en la capacidad ecológica de regeneración de los ecosistemas nos hace, ineludiblemente, pensar en una futuralidad sujeta a medidas especistas.

¿Qué nos puedes decir acerca de la ciudad?
Es uno de los mayores vertebradores del caos, en principio porque supone un conglomerado social en disputa. Pero no hay un vínculo concluyente entre técnica y deterioro. Y la uniformización es más fruto de la mundialización de los contenidos y la velocidad de las transmisiones que nace de la movilidad de los transportes, por más que los desplazamientos sean severamente contaminantes e insostenibles. Esto ha permitido lo que se ha dado en llamar postmetrópolis, grandes conurbaciones que se raciman adhiriendo territorios con contenidos parentales.
Todas estas transformaciones –conjuntamente con la banalización o la trascendencia de los signos ligeros, el laicismo, la muerte como objeto ordinario de consumo, el soporte de las crisis concretas o económicas en torno a las crisis míticas o expandidas, el permanente estado de excepcionalidad, el megaterrorismo como amenaza de la continuidad misma de los regímenes democráticos, la biogenética y por extensión la bioética– son sistemas de signos coercitivos que procuran una participación vehiculizada por activos sucedáneos. Es decir, de segunda mano. Es esta sobreabundancia de información la que escenifica el caos y siembra el pavor.
Mencionando tu libro de 2015 Construir, habitar, existimar, ¿qué significa para ti la noción de perderse?
Si el viaje implica el conocimiento del destino, perderse implica el desconocimiento del trayecto y la fuga es improvisada. El fugitivo huye, bien de un modelo social, doméstico o relacional que ya le es adverso o bien huye por constatación de un deseo o una necesidad inaplazables. El fugitivo puede huir de la justicia. Cuando delinques la fuga es más apresurada, y el lugar de destino puede estar fuera o en ti mismo, pero requiere la invisibilización del yo anterior. En cierto modo, el disfraz, por tanto, el destino, es la ocultación. El que huye buscando una transformación tampoco renuncia a la acción.
¿Qué significa para ti trabajar desde el vacío? ¿Y desde la pérdida?
Fundamentalmente incorporo estos dos conceptos a aquellos proyectos en los que me he visto envuelto en la recuperación de la memoria. Es decir, en los que reconstruyo a partir de los bocetos y planos originales la obra de arquitectos mayúsculos que nunca llegaron a construirse. De esta manera, ocupo el vacío introduciendo el edificio en los solares y localizaciones para donde fueron pensados y, a su vez, omito la pérdida, la desmemoria de dichos planeamientos de edificios y viviendas que, siendo reflejos edificables, nunca fueron cimentados.

“Si el viaje implica el conocimiento del destino, perderse implica el desconocimiento del trayecto y la fuga es improvisada.”
En Las horas claras, proyecto con el que fuiste a Venecia, mencionas que la luz es siempre conciencia de la nostalgia, ¿podrías contarnos más al respecto?
Fue un encargo que la ciudad de Venecia a una serie de artistas/fotógrafos (Philip Lorca di Corcia, Nan Goldin, Candida Höfer, etc.) para ser expuesto en la Bienal de Venecia. La idea era fotografiar la Venecia de hoy. Esto me produjo un conflicto inmediato, pues es la ciudad más fotografiada del mundo, no queda intersticio o falla que no hayan sido abordados ya. Entonces pensé un proyecto que mostrase no lo que era la ciudad de Venecia hoy, sino lo que realmente pudo llegar a ser. Para ello reconstruí en las localizaciones exactas de la ciudad aquellos edificios que, habiendo sido pensados por arquitectos de la modernidad para Venecia, nunca llegaron a ser levantados por intereses mezquinos y reaccionarios.
Sobre la luz y el pathos de la añoranza, te diría que es debida a que Venecia supone, sobre todo, la repetibilidad del pasado desde la inhabilidad del presente; una limitación que, perturbada, observa desde una recreación ampliativa el desmoronamiento de un deseo de permanencia. Posibilita una estancia en un tiempo ya detenido que se ha alineado con un tiempo fluyente. De ahí que hinchemos el diafragma para absorber lo volátil de la laguna o los canales mientras el otro diafragma, el fotográfico, se abre o se cierra solo en función de la luz, que es siempre conciencia, en este caso ya prevista, de la nostalgia.
¿Y nos puedes hablar acerca de ser ‘presentáneo’: eficaz por su sola presencia? Una exposición ante el otro para neutralizar parte del dolor.
Como indicas, es ser influyente o trascendente, únicamente desde la sola presencia. Por eso todo proyecto sin ejecución, a mi parecer, pertenece a una teoría del eclipse, pues no es, no puede ser, más que intuido (dado que algo opera en su lugar, en su solar asignado). Pero no es tanto una desolación como una asolación, de ahí su naturaleza eclipsada, ocupada por otra región de conceptos que nubla su ser ya incógnito.
Venecia tiene enormes dificultades para levantar la cosa, para construir, porque toda ella es resultado de lo cósico. Tiene un apetito voraz, pero se nutre fundamentalmente de la cultura de la muerte, opuesta a la banalización de la vida y a la distracción ante el enigma del destino que deshumanizan nuestro tiempo.
Es esa obediencia a su pasado, principalmente renacentista, la actual Venecia vive subordinada por la integridad y el cumplimiento de conservación de un estado, en esencia anacrónico. Su deseo no es actualizar sino sanear, reconciliar la ciudad con su historia desde la detersión, la desinfección, y el amurallamiento contra el adriático. Actualmente Venecia pierde un habitante por día, si ya hay un despoblamiento computado de realidad, se suma el despueble de venecianos provocado por el turismo y los altos precios. Hay quien sostiene que Venecia está planificada para morir de turismo. Se estima que cada año visitan Venecia veinte millones de turistas, cifra que en 20 años podría duplicarse. Sin venecianos (Venecia ha perdido a la mitad de sus habitantes, que han pasado de ser 121.309 en 1966 a los 59.992 registrados en la actualidad en el centro insular), se reproduciría la imagen de ensueño pero ya no habría sueño. La ciudad, pese a su riqueza, estaría descapitalizada, absorta en su propia utopía que no sería sino estar contenida dentro de los límites de los cotos turísticos, sólo emprendimiento comercial, nada más.
Hablemos de Dauphin Island, situada en el Golfo de México. ¿Qué nos puedes contar acerca de la sumisión al desastre de sus habitantes?¿Y acerca de su fijación en el presente gracias a una actividad constructiva continua? Esto se da ya que sus casas –de madera– sufren continuas adversidades, tales como huracanes, o derrame de petróleo. Su realidad es un modelo de probabilidad, sin evitar el derrumbe.
Dauphin Island está situada sobre una barra de arena. El Golfo de México está situado al sur de la isla, el estrecho de Mississippi y la bahía de Mobile están localizadas al norte. Hay cierta fantasmagoría en los períodos no vacacionales que hacen de este enclave un territorio hipnótico, no sólo por una soledad sobreentendida sino porqué la ensambladura, la consolidación de las viviendas y su posterior remozado (la sumidad de requintes, vértices y copetes) están expuestos a una casi segura capitulación. Son estructuras constructivas para la resignación.
Desde la nominación originaria de La Isla de Massacre, pasando por tantas fatalidades como el considerado peor derrame de petróleo de la historia de la nación, esta isla encierra una natural complicidad con la adversidad. El número de desastres naturales en el condado de Mobile es mucho mayor que el promedio de catástrofes en el resto de los Estados Unidos.
En las últimas tres décadas han pasado por la isla los huracanes, Frederic, Elena, Danny, Georges, Iván, Katrina todos con un enorme poder de devastación, desbarate y arruinamiento. Esto ha dado a la isla cierto carácter de proscripción. Desde este aspecto natural de la catástrofe se ha estatuido un paraje de extrañamiento entre lo vacacional y el confinamiento que resultan paradójicamente desnaturalizados por una imposición hegemónica de lo natural/desterrado. Es decir; todo es paradisíaco hasta el desate y el caos. Todo es quietud y armonía hasta la fatalidad propuesta como una designación o una destinación. Es la predefinición del trópico como vocación y a su vez como fatalismo.

¿Cuál es la razón de su mantenimiento?
La razón principal por la cual las casas de esta región están hechas de madera y no de hormigón o ladrillo, es económica. Hay una cierta ineficacia ligada a la declividad y, por tanto, a la exinanición marcada tan sólo por la falta de recursos financieros. Este decremento, aparte de derivar de la imposibilidad de construcciones más resistentes donde los materiales son más caros, deriva también de una carga impositiva mayor. No contar con viviendas cimentadas en hormigón en zonas donde cada año hay tornados es algo tan irresponsable como construir plantas nucleares en zonas sísmicas o casas en las laderas de los cerros.
Las casas de madera son construidas rápidamente y vendidas rápidamente, lo que guarda cierta practicidad teniendo en cuenta que los estadounidenses cambian frecuentemente el lugar de trabajo. Un sugerente desarrollo del que posesiona como bricoleur. Es una especie de tópos movedizo asentado sobre una movilidad laboral ¿Cómo puede dirimir o enfrentar esta isla la conjunción del desastre y su subordinación al sobresuelo con la política de arraigo de su exigua superficie? Los habitantes de Dauphin Island tienen un lema: levantarse ante la adversidad, pero, ¿no encierra esta proclama una neurótica obcecación en una existencia supraheroica pero inútil?
El día después de irte de la isla, una tormenta tropical la devastó. ¿Qué significó para ti que tu fotos fueran utilizadas para un nuevo ejercicio de restauración de la misma, pero no reintegrando, sino reemplazando? ¿Qué nos puedes contar acerca del concepto de ‘moribundía’ como impulso arquitectónico? Ubicando los edificios que propones en escala simétrica al contexto y ejecutándolos sobre los restos que implican una presencia anterior. 
Al poco tiempo después de la tormenta me solicitaron las imágenes que había tomado para presentarlas en FEMA, la agencia estadounidense para la ayuda en situaciones de desastres naturales o terrorismo.
Antes de pretender un uso de las imágenes que había capturado, estas ya estaban, de forma documental, repercutiendo en el territorio para un nuevo ejercicio de restauración. Para una arquitectura recurrentemente rehabilitada o recuperada íntegramente. Si acaso no estaba ya perplejo, aquello fue la redundancia en la perplejidad. No sólo me había librado de un huracán por unas horas, sino que la solicitud de mis imágenes me precisaba aún más el concepto de moribundía como impulso arquitectónico.
Hay en esta forma de habitar el desastre una paradoja; por una parte, la forma de establecerse de la comunidad, en una actividad constructiva continua, fija al grupo en una sociedad del presente y, por otro lado, ese estado fragmentario lo concilia de una forma permanente a una visión de conjunto deconstruida en torno a una continuidad histórica. Lo que hace que vivan por una parte un tiempo real y por otra un tiempo diferido. Esta obstinación en consagrar la existencia a una ocupación del terreno expuesta al desbarate, la voladura o la devastación, los introduce en el mito prometeico de la osadía de hacer o poseer cosas divinas. Vivir, por tanto, el rigor de los fenómenos aleatorios frente a los fenómenos determinísticos en una realidad que se modeliza en torno a distribuciones de probabilidad.
¿Qué nos puedes contar acerca de la creación de una arquitectura para la resistencia? Del deseo de creación por medio de la radicalidad.
Esta arquitectura para la resistencia se podría entender desde parámetros constructivos semejantes al búnker. Entendiendo con ello una construcción hecha de hierro, cemento y hormigón que forma una barrera defensiva si bien en su empleo civil o mixto. Es decir, operando como refugio contra la intemperie, contra la declinación, el desmejoramiento o la destrucción. En suma, se podría entender como la necesidad del estacionamiento. Estacionar es establecerse y todo cuanto se establece es estancia y la estancia es la pervivencia, es lo que se mantiene y recuerda. Lo que se recuerda es, a su vez, defensa del patrimonio y memoria del lugar. Por tanto, es configurar o crear con ánimo de contener o de detener.

¿Qué ha supuesto en tu trabajo la irrupción de la Covid-19?
No ha supuesto en mi trabajo nada radicalmente diferente a otros trabajos. Sin embargo, los cambios operados desde entonces, habrá que observarlos con más perspectiva en los próximos años. Internet y las redes sociales que se postularon como plataformas de libertad y expansión parecen hoy instrumentos de control del capitalismo de vigilancia. Esta amplitud y continuidad del espacio social de la red sectorial del teletrabajo y sus promesas formidables de revolución sociala partir de la digitalidad se manifiestan ahora como plataformas, también, de destrucción de la voluntad democrática.
El problema es que, como ya señalaba Robert W. McChesney, el capitalismo puede estar poniendo a internet en contra de la democracia, dado que siempre que ha habido un sistema potencial de rentabilidad corporativa, las fuerzas del capital lo han sometido a su interés. Lo que parecía ser una esfera pública cada vez más abierta, separada del mundo del intercambio de mercancías, parece estar transformándose en una esfera privada de mercados cada vez más cerrados, propietarios e incluso monopolísticos. Quizá por ello, John Perry Barlow escribió la Declaración de independencia del ciberespacio, en la que exhortaba a los gobiernos a no ejercer soberanía sobre este entorno que él definía como “el nuevo hogar de la mente”.
¿Y qué pasa con la diferencia?
Otras manifestaciones que se han exacerbado durante el confinamiento y el estado de alarma, más allá del chantaje a la seguridad, es la de la vulneración de los cuerpos. Esa vulnerabilidad, ese sentimiento de excepción, de raridad, de anomalía han con/movido a la conciencia social que acepta su fragilidad pero que desconecta de forma defectuosa y elusiva de sus obligaciones primarias. Ese ocultamiento, ese enmascaramiento del cadáver han dejado un poso de tristeza perdurable.
Ahora sabemos que ante la fatalidad los cuerpos pueden ser estigmatizados, raptados de su núcleo familiar, enmarañados en una cripta común. Cuando se impiden las despedidas, la sociedad se psicologiza en un clima onírico e irresuelto de orfandad. Se ha demostrado que la improbabilidad y la inconveniencia son estadísticas. La Covid-19, como indica Sousa Santos actúa como una lengua sin escritura pero con acciones. Este necrolenguaje ha provisto a nuestras sociedades de un velo espectral, de una sombra de displacer permanente. La nueva normalidad, la inmunidad de rebaño, son necrofrases que se postulan dentro de una nueva época civilizatoria que puede estar marcada por pandemias intermitente.
Por primera vez confirmamos de forma global, sin pensar en teorías conspiratorias, que la prospección del mundo natural y nuestra proximidad a la vida salvaje, encerrada en cotos cada vez menores, desestructuran nuestra vida diaria. Lo exótico es ahora cotidiano, lo excepcional es ahora ordinario. También hemos asistido a una depreciación de las formas políticas que nos representan, que en muchos casos, no han estado a la altura de las demandas de regulación y protección civiles. 
¿Qué le ves de positivo a esta situación?
Por el contrario, se han visto muestras exaltadas de solidaridad y escenarios de profunda empatía que, en ese enorme epitafio, han grabado con letra precisa su profunda humanidad resistente a la distopía pandémica. Colectivos que exigen la prevalencia de una vida digna, contraria al expolio y a la extracción de los recursos naturales. Comunidades resistentes y atentas a sus mayores, que se rebelan contra la desmemoria y el olvido.
En definitiva, ha habido, y todo hace pensar que habrá, cambios sostenidos y sostenibles más allá de las trágicas muertes y de la involución financiera. Sin duda, hemos oficiado el cambio abstracto de la virtualización de la experiencia, pero hay, en medio del receso y del paréntesis laboral, una alternación de la cultura irracional de frenado y un deseo extremo de presencialidad.
¿Algún proyecto que puedas adelantarnos? 
Algunos pospuestos, e institucionales que requerían de patrocinios se han difuminado, por el momento. Pero con un ritmo, quizá más racional, vuelven con medidas de seguridad las ferias y antes de fin de año tendré individuales en París y Berlín.

Texto
Alexandra Liesse

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