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El amor, el miedo a la muerte, la ansiedad, o los traumas colectivos son algunos de los temas que Albert Bonay trabaja en pintura, instalación, o escultura. El polifacético artista sabe que el arte tiene límites de los que no puede escapar, pero sin embargo, somos nosotros quienes marcamos la frontera. “Como toda práctica, el arte también es un camino de superación personal”, nos dice. Hoy hablamos con Albert de la pulsión interior que le mueve a crear, de las ciudades con más proyección artística, y la importancia de la tecnología.
¿Cómo defines tu obra respecto a las que el espectador está acostumbrado a ver en museos o galerías?
Me encantaría poder ver mi obra con los ojos frescos de una tercera persona pero se me hace imposible. Tengo la mirada demasiado contaminada, crítica y subjetiva, así que lo que honestamente puedo contestar es que mi obra está formada por  fragmentos, productos, momentos congelados de un camino, una búsqueda, un proceso de investigación sobre sentimientos tan humanos y abstractos como la ansiedad, el dolor, el amor, o el miedo a la muerte. Mi trabajo es un énfasis en el género, la sexualidad, los traumas colectivos y la guerra.
¿El arte tiene fronteras o solo tiene limitaciones en la mente del artista?
El arte tiene las fronteras de lo físico, de lo material, de lo temporal, de lo posible y de lo imposible, del lenguaje, de los sentidos y de la percepción. La tecnología está aparentemente ampliando el horizonte de posibilidades en el mundo en general y en el del arte en concreto, pero esto es solo una consecuencia de una supuesta evolución logística. Todo avanza en paralelo y no significa nada. A veces me gusta pensar en la biblioteca de Babel de Borges, una biblioteca aparentemente infinita que sirve como metáfora de un universo finito. Es un claro ejemplo de que las limitaciones que confrontamos los artistas que trabajamos con materiales tangibles (plásticos) pueden ser superadas fácilmente por la literatura –aunque esta también se ve limitada por el lenguaje. Así que sí, hay limitaciones pero la frontera nos la marcamos nosotros.

Para crear, diseñar o pintar se necesita una inspiración. ¿Cuál es la tuya?
Mi inspiración, muchas veces, se nutre de otros autores, de un recuerdo, de una historia o simplemente de un sentimiento innato que me llama a producir. A veces también puede nacer de la necesidad de vomitar algo que tengo dentro o de la propia llamada de mi ego. Como toda práctica, el arte también es un camino de superación personal, de constancia. Y los resultados y las cosas bien hechas siempre son una satisfacción, un respiro.
Testigos arquitectónicos, Body o Statements son algunas de tus obras más destacadas. ¿Cómo defines cada una de ellas con una sola palabra?
Ruina, humano, odio.
¿Piensas que las redes sociales son una herramienta positiva o, por el contrario, pueden dañar la imagen del arte?
A parte de ciertos artistas que trabajan con el net art o crean piezas específicamente diseñadas para ser desarrolladas y expuestas en estas plataformas, no creo que el arte en sí mismo sea lo que se desarrolla en las redes sociales. Creo que, más bien, son una plataforma de autopromoción y de acercamiento al público. El arte no se cuece en Instagram; nace en los estudios, en las mentes, puños, sangre y sudor de los artistas. Considerar que la pantalla de un smartphone es una plataforma menos lícita o digna para el disfrute del arte que una revista impresa de los 70 no nos pone en un buen lugar. No creo que debamos ser hipócritas, puesto que estas tecnologías nos sacian en cierta medida de esa sed social de cultura o el síndrome de ‘estar-al-día’.

Has expuesto tanto en Barcelona como en Londres. ¿Crees que son las ciudades europeas donde se apuesta más por el arte del siglo XXI?
Londres, sin lugar a duda, lo es –junto con Berlín. Londres es una ciudad vibrante, joven, multicultural, donde cada día suceden cosas nuevas, donde el gobierno (que cuestiono por muchas otras cosas) apuesta económicamente por la cultura mucho más que España . Artistas esperanzados llegan cada día persiguiendo su sueño dorado del éxito y muchos otros marchan con la cabeza baja pero llenos de experiencias. Todo fluye, hay un movimiento constante.
Pienso que, por lo menos, la sociedad británica es consciente que promover el arte, el patrimonio cultural y dinamizar la producción artística es lo que generará o mantendrá el estatus de metrópolis, de centro del mundo del arte, para generaciones futuras. Por otro lado, Barcelona tiene sus joyas, sus fábricas de creación a las que les tengo todo mi respeto, galerías buenas y excelentes comisarios, intelectuales y creadores. Sin embargo, comparada con Londres, parece que sigue regodeándose con Gaudí, con el modernismo, con las olimpiadas de 1992 y en viejas glorias.
Al estudiante de bellas artes que está leyendo esta entrevista y le gustaría seguir tus pasos, ¿qué consejos le darías?
Que sea perseverante, que sea crítico consigo mismo, que no sea tendencioso en la medida de lo posible, y que no se repita a sí mismo. Evolucionar es lo más importante. Creer que has descubierto algo trascendente en la historia del arte a los veintitrés años por tener cincuenta mil seguidores en Instagram… Justamente, las personas con gran repercusión en las redes sociales y que no tienen una trayectoria justificable son las que persiguen una estética del éxito, tan apetitosa como perecedera. Que no sigan el camino fácil y que se expriman al máximo.
¿Dónde te gustaría poder exponer dentro de unos años?
En cualquier museo, galería, fundación, o espacio no comercial. Este tipo de espacios son los que pueden contratar buenos comisarios, no tienen ánimo de lucro así que permiten la posibilidad de desarrollar proyectos honestos y, normalmente, disponen del presupuesto adecuado para no tener que escatimar en materiales y mano de obra. Idealmente sería un espacio que no cobrase entrada al espectador.

Texto
Miriam Martínez

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