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Humorístico y poético a partes iguales. Convertir la realidad y la cotidianidad en materia novelable no está al alcance de cualquiera. Pero a Juan Pablo Villalobos, esta tarea no se le resiste. Con la celebración del décimo aniversario de la unión entre Anagrama y el escritor mexicano –que se materializó por primera vez con Fiesta en la madriguera– a la vuelta de la esquina, Villalobos saca a la luz la última de sus creaciones: La invasión del pueblo del espíritu. De nuevo, de la mano de la editorial que confió en sus palabras hace ya casi una década. Una confirmación de la capacidad del artista para mirar la realidad desde un humor que, a veces, roza el absurdo, pero, sobre todo, la prueba en papel de que la identidad está en permanente construcción.

Como es habitual, el número 73 de Paseo de Gracia –el Hotel Condes de Barcelona– se convierte en la perfecta localización para presentar las novedades literarias que se harán un hueco en las estanterías de las librerías –y también en las de más de un particular– durante los próximos meses. Con la llegada de febrero, ha sido el turno de Juan Pablo Villalobos, quien, ante la atenta mirada de los periodistas, ha desvelado algunos de los detalles del que es su último trabajo.

La invasión del pueblo del espíritu
narra la crisis vital de dos amigos inmigrantes: Gastón, que debe ‘dormir’ a su perro Gato, diagnosticado con una enfermedad terminal; y Max, que pierde su restaurante porque el propietario no le ha renovado el contrato de alquiler. El punto de inflexión en la vida de estos dos conocidos sirve de premisa para tratar la amistad, la paternidad, la herencia, la familia y el amor. Pero la historia no se reduce únicamente a estas cuestiones. Ni tampoco a Gastón y a Max.

Con el transcurrir de las páginas, se suman al relato otros personajes, como el padre de Max, en fuga de la justicia por un asunto de corrupción, o Pol, el hijo de Max, un científico que viene desde la Tundra hablando sobre bacterias, semillas, colonizaciones e invasiones de otros planetas. Estos y muchos otros personajes protagonizan una trama en la que las pequeñas historias de un barrio cualquiera, que no son más que un signo de su imparable transformación, se entrecruzan con las más extraordinarias teorías de la conspiración.

Puede parecer demasiado, pero no lo es. “Es una cosa inamovible de mi manera de concebir la literatura. Lo digo como broma pero es verdad. Siempre pienso, ¿cuánto le cabe a una novela? ¿Cuántas tramas? Aquí hay muchísimas: la trama del perro que se va a morir, la trama de Pol que vuelve de la Tundra, la trama del restaurante que lo va a perder, la trama de los ataques a los ‘lejanorientales’… Siempre me ha interesado muchísimo, a nivel narrativo, acumular cosas, que la novela sea entretenida o divertida en el sentido de que están pasando muchas cosas todo el tiempo. Pero de una manera muy económica, a veces son fragmentos muy cortos, con la idea de que se cuente lo esencial, y después el lector va completando lo que falta.”

Más allá de reafirmar la construcción constante de la identidad mediante los pensamientos y vivencias de Gastón y Max, Villalobos lo deja claro a través de su propia experiencia, a través de los sellos distintivos que le ha atribuido a su última obra, aquellos que la hacen diferente a todo lo anterior. La invasión del pueblo del espíritu vuelve a elegir el humor, pero se trata de un humor distinto. Propone, esta vez, un alejamiento de los mecanismos más convencionales, caracterizados por la humillación, la burla, el cinismo y la jerarquía

Asegura que este tipo de humor “fomenta el discurso del odio”, y que, cómo él mismo comprobó, puede llevar a equívoco: “Tengo una narradora en No voy a pedirle a nadie que me crea que es una madre que está construida con una serie de valores bastante repugnantes, como el clasismo o el racismo, y ella escribe esas cartas. Cartas que son humorísticas, con las que te das cuentas de cuál es la ideología que tiene esa señora, y ríes, ríes de su ignorancia, de su clasismo… pero no siempre.” 

“He visto que hay gente que ríe con ella, de estar realmente de acuerdo con ella, y eso es muy perturbador”, sigue el escritor mejicano. “Sobre todo porque vivimos en una época en la que cada vez se lee de una manera más literal, no hay ese distanciamiento de decir, vale, es que es una crítica social donde esta señora está siendo, entre comillas, exhibida en su racismo, en su clasismo. No, hay gente que ríe con ella porque dice, es verdad.”

Precisamente explicando más sobre este problem, Villalobos afirma, “No es mi culpa que algún lector haga una lectura distinta, eso es parte del juego de la literatura; es así, pero sí creo que hay una responsabilidad, en cierto sentido, una responsabilidad literaria. Y en este particular momento, no quiero contribuir a esos discursos del odio.” Por eso, como confiesa el propio autor, “esta novela surge del intento o de la pregunta de cómo hacer un humor distinto, o de si se puede hacer un humor que no deje fuera la ternura, que no deje fuera la empatía, que no deje fuera la intención de comprender al otro.” Reflexionar sobre el humor desde otro lugar.

Pero el cambio de perspectiva en lo que al humor se refiere no es el único elemento que distingue esta novela del resto de la producción literaria del autor. Otro de los cambios sustanciales se encuentra en la respuesta que da a una cuestión que ya ha cobrado protagonismo en relatos anteriores: la identidad. En La invasión del pueblo del espíritu, lejos de querer apropiarse de todo –como confiesa el autor que hizo con novelas anteriores–, da una respuesta distinta a la misma pregunta: “podemos no ser nada”. Se borran todos los rasgos identitarios para decir que “podemos no ser nada, y que, en realidad, cambiamos todo el tiempo y podemos vivir sin la necesidad de tener una identidad.”

Y el autor ha experimentado las transformaciones de dar una nueva respuesta a la cuestión de la identidad en primera persona. “Creo que eso es lo que ha cambiado con la escritura de esta novela en mi manera de entender la identidad, es decir, no encuentras una nueva identidad y ya eres eso y te quedas ahí; no, lo encuentras como un puente a otra cosa y sigues cambiando.” Aun así, esta no es la concepción generalizada.

Tomando la idea de identidad como punto de partida, Villalobos aprovecha para tratar una cuestión que en su novela ha denominado ‘fascismo espiritual’. “Es la idea de que hay una identidad primera, primigenia, que define lo que es un pueblo, una sociedad o una comunidad. Una serie de valores que identificarían lo que esa sociedad o lo que ese grupo humano es”. La convicción de que “hay algo originario que es lo que define lo que somos” puede ser problemática: “el problema de ese discurso –y por eso creo que es peligroso definir las identidades– es que excluye a un montón. Cuando se define quienes están aquí dentro, los que quedan fuera constituyen la gran mayoría”, afirma.

“Es decir, ¿quién cumple estas condiciones que define el poder? El poder determina que ser de este lugar significa esto, pues todos los que quedan fuera están sujetos a las violencias que se ejercen desde el poder por no ser de ahí”, concluy

Pero la problemática va más allá: “El problema es que ese discurso, al que yo he llamado ‘fascismo espiritual’, cuando aparece, se establece diciendo que esto es una verdad absoluta. Aparece un discurso que explica que un pueblo ha surgido así y viene de tal sitio, viene de esta cultura, de este origen, de esta religión, de esta lengua… o sea, define una serie de factores que son el origen de esa identidad, entonces los establece como algo verdadero, no como una interpretación de la historia, que es lo que son. Se dice que esto es la verdad histórica, esto es lo que sucedió, entonces parecerá que no puedes tener crítica contra la verdad. No hay espíritu crítico porque, en principio, se supone que no puedes atacar lo verdadero”.

De la reflexión acerca de la identidad surge un juego con el lenguaje que se mantiene a lo largo de toda la obra. “Creo que cada novela necesita inventar su propio lenguaje. Si una novela no propone su propia puesta en práctica de un lenguaje nuevo o distinto, desde mi punto de vista, no hay literatura.” Y es que el juego humorístico con el que se construye la novela se nutre, en gran parte, del lenguaje. Volver a nombrar las cosas y otras no nombrarlas directamente. “Desaparecen las referencias temporales, las referencias geográficas, las referencias identitarias… y se nombra a las cosas de otra manera para establecer una distancia, pero no la distancia respecto a los personajes, sino distancia respecto a lo que está sucediendo en la novela. Es un doble juego.”

“Trato de que el lector se identifique con los personajes, esté cerca de los personajes, pero que, al mismo tiempo, se distancie de las situaciones, que las vea desde otra perspectiva”, explica sobre su narración. “Que estos pequeños gestos de xenofobia cotidianos, de superioridad, de extrañeza y de incomprensión que tenemos todos cuando entramos a un bazar ‘lejanoriental’, o cuando vamos a la frutería del ‘nororiental’, o a comer un kebab al local que tiene el ‘proximoriental’, los veamos desde otro lugar. Y para eso sirve el lenguaje, para extrañar la manera en que vemos la realidad.”

Además de la identidad, otro concepto clave que se introduce de forma sutil es el de la masculinidad. No se habla directamente de ello, pero está presente de forma constante. En las distintas concepciones de la masculinidad, marcadas por las diferencias generacionales que separan a los protagonistas, se encuentran algunas de las claves para comprenderlos. Para comprender “cómo estos personajes intentarán salir, huir o encontrar una solución a la situación en la que se encuentran”. Haciendo que salgan a la luz “esas violencias que están sometidas intergeneracionalmente por diferentes modelos de masculinidad que se transmiten y se heredan de padres a hijos.”

El tiempo es el otro gran imprescindible de La invasión del pueblo del espíritu. “Es una novela sobre la herencia, en ese sentido, el tiempo se entiende así, como lo que cargamos, lo que parece que estuviéramos determinados a hacer, por lo que otros fueron y por lo que nos quieren imponer.” Los protagonistas cargan con un pasado al que se recurre, ocasionalmente, con la finalidad de conocerlos mejor. Ciertas anécdotas o el lugar del que proceden, solo para completar la historia. Pero viven en un presente, que es lo único que importa para la novela. “Por eso, también, la novela está contada en presente, y tiene toda una obsesión con el tema narrativo –ese narrador que se distancia y nos va contando las cosas, siguiendo siempre a Gastón, en el presente”.

Pero escribir en presente no es solo fruto de querer priorizar el ahora, sino que responde a una máxima que ha sido la razón de ser de la novela: escribir contra la nostalgia. “Cuando alguien dice, por ejemplo, que antes esta ciudad era más segura o que se vivía más tranquilo, ¿qué quiere decir? ¿Qué supone ese antes? ¿Antes de qué? ¿Antes de que estuviera abierta al mundo? ¿Antes de que fuera una ciudad en la que viene a vivir gente de todos lados?” Tras haber abierto el debate, Juan Pablo Villalobos asegura que este tipo de actitudes “entrañan una profunda xenofobia” y reconoce que, aunque es algo que, honestamente, no sabe cómo solucionar, está seguro de que ahí “hay un material para la literatura y un material para la reflexión”.

Por lo tanto, escribir contra la nostalgia no se trata de un capricho. Es, para el autor, una necesidad: “Creo que toda intención de recuperar un pasado que fue mejor, toda idea de que en el pasado las cosas eran mejores, es un discurso perfectamente instrumentalizable.” Con una novela absolutamente política, Juan Pablo Villalobos escribe contra el anhelo de los tiempos pasados y contra los discursos del odio, convirtiendo los diez años de progresión del autor en la prueba irrebatible de que las novelas, más allá de hacer ver y comprender la realidad, pueden servir para cambiarla.

Texto y fotos
Claudia Luque

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