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El Palomar es, ante todo, un lugar (sin ánimo de lucro) de investigación, recuperación, encuentro, exhibición y diálogo. Este pequeño ático del Poble Sec barcelonés se incrusta como reducto de discursos, sujetos y prácticas que tienen dificultades en penetrar en la esfera artística contemporánea oficial. Se trata de un proyecto de colaboración entre artistas y mediante el que sus fundadores –Rafa Marcos y Mario Páez (R. Marcos Mota y Mariokissme, y viceversa)– persiguen generar un contexto en la ciudad de Barcelona. Desde esta privilegiada atalaya saben releer la trama urbana y la cultura de la genealogía queer.

¿Cómo nace El Palomar?

El Palomar nace en un ático, como espacio overground y horizontal desde donde tender líneas de vuelo. Lugar desde donde creemos que “toda casa tiene su Palomar.”

¿Qué objetivo tiene?

El Palomar tiene como objetivo ver repetidas sus acciones periódicamente. Consideramos este proyecto como un proceso que se revisita a sí mismo continuamente. Podrán verse trabajos exentos de visibilidad en archivos y selecciones oficiales, así como trabajos ya integrados en otros contextos artísticos internacionales pero sin presencia en el contexto español. El Palomar pretende asimismo convertirse en una herramienta vertebradora de contexto y red de agentes críticos.
Reclamamos lo trans y lo inter de lo queer, queremos hablar de las complejidades y contradicciones de las identidades múltiples desde una particular visión político-artística. Estamos cansadxs de que se nos acuse por lo meramente cultural, lo estético y lo teatral de la sexualidad en el arte. Queremos reparar el desfase discursivo de prácticas y teorías que, por considerarse “demasiado avanzadas” y al mismo tiempo “pasadas de moda”, devienen marginales al discurso oficial. Creemos en ellas como reivindicación política y creemos en lo político de nuestros propios cuerpos abyectos. Más allá de buscar ser integradxs bajo una etiqueta, pretendemos ser inflexión y diáspora del etiquetaje y de las nociones normalizadoras en sí. Por ello creemos oportuno incidir desde la radicalidad de un proyecto independiente, para actualizar discursos que actualmente se están institucionalizando. El Palomar presenta así una fórmula regeneradora de discurso.

Utilizáis además multitud de formatos…

Sí, El Palomar no se limita a lo físico. Incluso cuando utilizamos el espacio, la forma de El Palomar deviene continuamente texto, audio, imagen (foto, vídeo y gráfica), archivo web, redes afectivas internacionales y locales, comunicación vía internet…

Ha llovido mucho desde la primera expo, hace ya tres años (en enero de 2013), titulada “Lo más revolucionario hoy en día es ser casto o tener una vida sexual frustrante”. ¿Como recordáis el comienzo?

Del comienzo nos quedamos con las ganas de poner en común nuestros trabajos y sincerarnos, no solo con nosotrxs, sino con el contexto. Fue la mejor manera de poder conocernos, ya que antes nos saludábamos y eso, pero nunca habíamos hablado, y menos aún trabajado juntxs. Fue una exposición muy visitada y hubo mucha gente que nos apoyó desde ese día. Desde entonces, el afecto entre amigxs hizo lo que ahora es ya pasado.

¿Cómo se financia El Palomar?

El ático que ocupa el proyecto no es de propiedad, es alquilado. Lo que pagamos de alquiler podría equivaler a lo que cuesta al mes un estudio de artista. Antes era el estudio de Mario y se mantiene como tal, solo que explotamos colectivamente sus usos y asumimos todo el trabajo que pueda dar de sí. Todas las palomas leemos El Palomar desde un posicionamiento político, lo cual es muy significativo. Creemos en un replanteamiento institucional y por ello todas ponemos nuestro granito de arena.

¿El Palomar es un nido queer, un espacio para sobrevolar los miedos e imaginar un futuro?

Es todo eso y más. Aunque hablemos mejor de no-futuro. Los futuros (en plural) permanecen siempre abiertos. Es importante sobrevolar los miedos para abrir futuros, verlos desde arriba. Desde un principio nombramos El Palomar no como un espacio underground, sino overground, como decíamos al principio. Es una atalaya entre tantas. Asumimos el valor y el peso del fracaso que supone contar una historia que de por sí ya es fracasada. Hablar de un futuro, unívoco, oficial, es hablar en términos históricos a modo patriarcal. El único futuro que las instituciones nos deparan no representa este fracaso, ni contempla los miedos que vemos desde aquí en la complejidad que merecen. Preferimos sobrevolar eso, es mejor tener una visión global del asunto para saber dónde ubicarse. Si en algo hemos estado trabajando en estos últimos tres años es precisamente en esto, en la composición de dónde y cómo ubicarnos. Un nido es un espacio de protección y cuidados, un taller donde poner aceite al engranaje que nos mantiene en movimiento.

Vuestra deriva personal y artística es de alta intensidad política. Una demolición de toda dualidad de sexo y género. Simon de Beauvoir dijo, “el cuerpo no es una cosa, es una situación: es nuestro alcance en el mundo y boceto de nuestro proyecto,” referencia que me parece muy vigente. ¿Dónde os emplazáis en el contexto de la crítica queer?

Gracias por entender nuestra práctica personal-estético-política en su alta intensidad, diríamos que es el resultado de tender puentes de conexión espiritual y afectiva que confluyen en el proyecto de El Palomar y que desbordan cualquier experiencia estética individual. Nos esforzamos siempre en la visibilidad de otras trayectorias que también confluyen en esta ideología crítica, y precaria. Nuestra trayectoria y visión es transgeneracional. Muchxs deberían ceder el espacio a experiencias disidentes que son arte y parte, para su auto representación, antes de llenarse la boca hablando de teoría queer y querer ilustrar un discurso que termina siendo académico. En esto vamos más allá de la ruptura de la dualidad sexual o genérica: sobre todo proponemos otros modos de hacer. Defendemos la inquietud queer como algo aplicable a cualquier experiencia o parámetro. Las sociedades, los grupos, las ciencias, la moda, la cultura, las disciplinas sociales e incluso las relaciones amorosas se hacen queer.

¿Qué importancia tiene en vuestro manifiesto personal la amistad y la familia?

Nos construimos desde una base afectiva y es algo que defendemos públicamente desde el principio. Defendemos el derecho a constituirnos como familia desde nuestras vinculaciones personales y no creemos que tengamos que justificarlas ante nadie.

¿Barcelona es una ciudad donde “vuelan palomas” en libertad?

La marca Barcelona se nutre de políticas blandas que se nos venden como alternativas y de diseño, pero que son siempre por y para las mayorías. Hablemos más bien de Ciutat Morta, de Barcelona mata, del Espai de l’inmigrant, de lo que fue el PEI, de El Palomar… Movilizaciones organizadas como estas son las que –precariamente– otorgan vida real a esta ciudad y batallan en su supervivencia. En contraposición a algo tan líquido como todas estas uniones afectivas y críticas, el ayuntamiento invierte en símbolos estáticos y en cierto modo funerarios que se plantean como escultura pública. Apenas hay monumentos que nos refieren: la glorieta dedicada a Sonia Rescalvo Zafra, un espacio demasiado neutro y desafectado, o la placa en homenaje a las víctimas LGT represaliadas, que supone otra descontextualización histórica, demasiado genérica por erigirse como pura propaganda política, apenas visible y escondida. Mientras, las palomas siempre son contempladas por el ayuntamiento como una amenaza corrosiva contra el patrimonio cultural y arquitectónico.
Cuando EEUU aprobó la ley del matrimonio homosexual una mujer trans alzó la voz entre el público denunciando la situación de los inmigrantes LGTBQ en dicho país. Lo más inaudito no fue el rechazo de Obama a sus demandas, sino el abucheo general por parte de los colectivos homosexuales presentes. Pues lo mismo aquí; todo se construye desde un hedonismo por el hedonismo, sin tolerancia ni contemplación por lo corrosivo que supone un hedonismo crítico. Se está confundiendo la idea de lo queer, y se está comercializando un significado totalmente erróneo y ubicado en un privilegio típico y europeizado que responde a un homosexual con poder adquisitivo, blanco, de clase media, que nunca renuncia al estatus de poder concedido por las miserias que las instituciones políticas han ordenado en pro de una integración sistemática y que se ha construido como falsa bandera. Falta mucho para que Barcelona se asuma a sí misma en toda la multiculturalidad que pretende. ¿Cómo quieren que asumamos el concepto legal de ciudadanía que las leyes aún manejan frente a las experiencias de riesgo y vulnerabilidad que sufrimos y sufren muchas de nuestrxs amigxs? Sabemos que bajo el supuesto triunfo de la libertad (ahora más que nunca amenazada) subyacen las formas más refinadas, pero no por ello menos acres y atroces, de homofobia, transfobia, sexismo y racismo.

Para acabar, y cambiando de tema, en la segunda parte del pasado año habéis sido abanderados del pabellón español de la 56ª bienal de arte de Venecia, comisariada por Martí Manen; habéis activado sabotajes historiográficos leyendo el dorso de los documentos del artista Ismael Smith en el MNAC bajo la tutela de Manuel Segade; y presentasteis experimentos musicales rastreando las genealogías de lo pop. Este año, en marzo estaréis en el Espai 13 de la Fundación Joan Miró. Contadnos un poco sobre este nuevo proyecto.

El próximo evento de El Palomar se llamará Hedonismo crítico. Se inserta dentro de la programación del Espai 13 de la Fundació Joan Miró, comisariada por Martí Manen. Se realizará en colaboración con la Sala Hiroshima el domingo 13 de marzo. El proyecto gira en torno a la reinvención de la idea de fiesta como espacio de reivindicación queer. Necesitamos espacios donde converger propuestas que van más allá de lo que el cubo blanco propone, y al mismo tiempo reclamamos alternativas a lo mainstream. Para ello estamos invitando a una amplia lista de artistas nacionales e internacionales a que participen en distintos formatos, que van desde la sesión de DJ, hasta lo más performático e instalativo. La entrada será gratuita.

Texto
Pilar Bonet y Maria Muñoz
Retrato
Isaac Marín

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