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Religión, tradición e imaginario visual. Y una guitarra. Ahora en Madrid, el mallorquín Miquel Cañellas mezcla estos cuatro elementos para crear temáticas y contextos en sus canciones que sorprenden, básicamente, por sus veinte y pocos años. Dos EPs después, Sant Miquel se abre a explicar su pasado, sus dos realidades, la de artista y la de beatificado, y cómo se presume su camino en un futuro inmediato.

Empecemos con las presentaciones, ¿quién es Miquel Cañellas y quién es Sant Miquel?
Soy Miquel, tengo veintiún años y soy de Mallorca. He estudiado Bellas Artes en Barcelona y acabo de mudarme a Madrid. Una de las cosas que hago es música, y algunas canciones que hice en estos últimos años las hemos publicado, junto a Snap!Clap!, bajo el signo de Sant Miquel.
En Rockdelux dijeron de ti que eres “un anacoreta epicúreo”, ¿qué te parece la definición?
Me hacen gracia estos ejercicios de literatura de las personas que publican reseñas en revistas y webs musicales. No suele tener que ver con el disco que están reseñando, sino más bien con sus intereses y su manera de escribir. No me puedo sentir identificado con esas definiciones, tan solo reírme y pensar cosas malas del periodismo digital. A veces algunas personas hacen análisis interesantes, pero siempre pecan de dar rienda suelta a su parte más poética, menos analítica e informativa. Por tanto, no creo que las reseñas y artículos sobre música deban interesar por el objeto del que hablan, sino solamente por las aptitudes literarias de quien escribe.
¿De dónde viene ese interés por la religión tan presente en tus canciones? ¿Es importante la religión en tu vida?
El interés por la religión tiene que ver con mi interés por el mundo que habitamos. Es importante en la medida que está completamente presente en prácticamente todo lo que sucede. En el lugar en el que vivimos, el cristianismo en todas sus vertientes forma parte de casi todas las cosas, cómo está estructurado nuestro pensamiento y nuestras acciones. Negarlo o creerse ateo es un despropósito.
Has dicho alguna vez que estar enamorado y creer en Dios no es tan diferente, explícate: ¿el amor como acto de fe?
(Risas) Nuestra especie es religiosa, le da más de un significado a las cosas, desde siempre. Estar enamorado es creer en algo más allá de lo que es en realidad. Eso lo dije en relación a mis canciones antiguas, que sí trataban de amor. Yo creo que las nuevas ya no hablan de eso, sino de otras cosas menos reducibles.
Tu música, las letras de las canciones remiten a tiempos pasados, a una España rural y profunda de tradiciones y liturgia, ¿qué te ha traído hasta aquí? Me gustaría que nos contaras un poco acerca de aquello que te gusta, te inspira, te emociona, aquello que te ha servido para ir creando tu propio imaginario…
Durante los últimos años he aprendido mucho sobre la cultura popular, las manifestaciones humanas colectivas que han sobrevivido con el paso del tiempo y que incluyen imágenes, acciones y música. Me fascina que sean situaciones que se han transportado en el tiempo, que mediante la repetición que asegura lo tradicional, encarnan y hacen visibles cosas que tienen siglos de antigüedad. He aprendido bastante sobre la Semana Santa, el flamenco y también sobre las relaciones entre fiesta y poder, manifestación y romería.
En alguna entrevista has dicho también que te fijas sobre todo en la sonoridad de las palabras a la hora de escribir las letras, en realidad más que escribir parece que dibujas: escribes con imágenes. Y se proyectan con fuerza en quienes te escuchan. Háblanos un poco sobre ese proceso a la hora de componer, ¿por qué es tan importante para ti lo visual? Lo digo también por el vídeo que has hecho con tres temas de tu último EP.
Me alegro de que se proyecte en quien lo escucha. Las canciones surgen espontáneamente, mientras ando por la calle, normalmente. Una frase lleva a la otra, y así hasta que no puedo recordar más y vuelvo al principio. La composición tiene más relación con la decisión de dónde acabar y qué palabras conservar, más que pensar en la estructura y los versos. Respecto a las imágenes, mucho antes de tener el disco grabado, ya sabía que quería acompañarlo de un vídeo. Lo fui grabando durante los últimos dos años, y unas semanas antes de presentarlo hice el montaje. En esta pieza, mi voluntad era presentar un espacio y una atmósfera en la que fuera coherente escuchar las canciones. Estoy bastante contento con el resultado, creo que es bonito y coherente con el proyecto.

Eres muy joven, ¿te ves estudiando cine en el futuro? O quizá ya lo estés haciendo. ¿Cuáles son tus directores de cabecera? En el vídeo de Como los vampiros vemos algunas imágenes de Arrebato, de Iván Zulueta.
Por lo que he conocido, estudiar cine me parece bastante inútil para lo que a mí me interesa de ese mundo. Básicamente te enseñan todas las razones por las que no puedes hacer una película. En Bellas Artes, en Barcelona, se puede hacer lo que se quiera, y si quieres hacer una película, simplemente la haces. En el futuro cercano quiero hacer una película que ya estoy empezando a preparar. Me interesan mucho las maneras en que se puede construir una imagen del pasado, de otro tiempo que no es el nuestro. He encontrado algunos referentes que también han mirado de una manera particular el pasado y que me gustan mucho, como Albert Serra y Pasolini. Arrebato me gusta mucho, claro, pero lo que quiero hacer no se parecerá a eso, ni tampoco al vídeo de Sant Miquel.

Hace poco tocaste en Fabra i Coats en Barcelona y en La Casa Encendida de Madrid, ¿cómo te llevas con los directos? ¿Te gusta tocar o prefieres el proceso de composición y estudio?
No me gusta mucho tocar en directo. Solo hay una oportunidad para hacerlo bien, y yo no soy un buen músico ni cantante, por lo que la decencia que tenga la ejecución siempre es azarosa. Aún así, me esfuerzo en que la situación sea agradable y coherente, con unos visuales potentes, una iluminación escasa, y a veces un poco de olor de Semana Santa. Componer y trabajar en la instrumentación de las canciones fue muy, muy interesante e intenso. Lo que más me gusta es preparar el diseño de las cosas, los vídeos, los arreglos. La parte de transmisión oral me ha empezado a interesar más últimamente, y me tomo los conciertos como un recital de historias, como si fuese un trovador que debe contar al pueblo algunas pequeñas leyendas que hace falta recordar. 
Tu primer EP salió hace un par de años, ¿llevabas mucho tiempo trabajando en esas canciones? ¿Cuándo y cómo surgió Sant Miquel?
Hace cuatro o cinco años, sin más, me salieron algunas canciones, y se las enseñé a mis amigas. Me animaron a que lo grabara y lo subiera, y enseguida me contactó Snap!Clap! y me dijo que quería hacer un cassette. Todo fue muy casual y fluido, de no ser así, ni se me hubiese ocurrido hacer nada de esto. En los últimos dos años se me fueron ocurriendo más canciones. Las del disco son bastante diferentes a las del cassette, y a mí me gustan más. Durante este tiempo he aprendido muchas cosas sobre diferentes músicas, sonido, y creación de imágenes.
En este nuevo EP, vemos que cedes la guitarra a tus colaboradores, ¿cómo es eso?
La producción del disco la ha hecho Sara de Umbría, con quien trabajamos cada una de las canciones, buscando los arreglos pertinentes, y componiendo algunas melodías. A la hora de grabar algunas de las canciones vimos que yo no era capaz de tocar la guitarra sin perder el tempo y sin equivocarme. Un desastre. Como yo no tengo nada que demostrar porque no soy guitarrista, y lo que queríamos era que sonara bien, Sara se ocupó de tocar algunas de las guitarras, y Castillo se la pedimos a Oscar Huerta, ¡que la mejoró muchísimo!
¿Cuáles son tus próximos pasos? ¿Te ves largo tiempo con este proyecto? ¿Cuál crees que será su evolución?
Pues no creo que dure mucho tiempo más mi música bajo el signo de Sant Miquel. Este invierno Sala d’Art Jove va a publicar un libro en el que he estado trabajando, llamado El olor de una montaña por dentro. Como he dicho, me apetece mucho hacer una película. Me encargaría de la música, imagino, pero ya veremos cómo van las cosas.

Texto
Víctor Escribano

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