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Vanesa Serrano es la fundadora de Rughara, una concept store que desde 2012 y enclavada en Malasaña defiende su compromiso de apostar por uno mismo y por lo de casa. Esto es lo que vas a encontrar en su espacio: moda, arte, decoración. Desde el tacto de la seda deslizándose por el hombro hasta La ventana indiscreta inmortalizada en un plato de cerámica. Nos cuenta Vanesa que 'Rughara' significa 'Pelirrojo' en esperanto. Viendo el color de su pelo no es difícil entender el porqué de este nombre. Pero no solo es por eso: "También a la diosa Europa –una mujer sin miedo– se la retrata pelirroja casi siempre". Y miedo es lo que ella no tiene. ¿Cómo sino habría abierto una tienda como esta en plena crisis?
En la web de Rughara afirmas que "tal vez sea cierto que la belleza comienza en el momento en el que decides ser tú misma". ¿Quién es Vanesa Serrano y cómo lo proyectaste a través de Rughara?
Responder a la pregunta ‘quién soy’ es una de las cosas que más me cuesta hacer, me considero bastante normal. Creo que son dos cosas las que me definen: mi carácter hedonista –me encanta comer, viajar, reír, bailar, dejarme llevar por la buena compañía y que el tiempo no exista– y mi carácter fuerte (a veces demasiado) en los ámbitos profesional, personal y para con la sociedad que me rodea. Soy muy luchadora y guerrera, feminista, defensora de los animales, estoy comprometida con conseguir un consumo sostenible, y se me hace un nudo en el cuerpo con las injusticias. Y creo que todo eso es Rughara: una unión de mis pasiones como la moda, la decoración y la cultura. La belleza y el compromiso están en cada centímetro de las dos plantas de la tienda.
La tienda nace en 2012, en plena crisis. ¿Por qué decidiste abrir Rughara? ¿Cómo ha evolucionado este espacio desde que empezó?
Decidí abrirlo precisamente por eso. Llevaba muchos años trabajando en medios, y era developed manager de una radio online que se fue a pique. La experiencia ya no era suficiente; empezó la fiebre de los masters y era imposible encontrar un trabajo sin un par de ellos. Nunca quise estar rodeada de corbatas y gomina, así que barajando opciones vi que hacer un master suponía la misma inversión que abrir Rughara. El resto ya los sabes.
¿Cuál es la identidad de Rughara? ¿Qué representa vuestro logo?
‘Rughara’ significa pelirrojo en esperanto. Para mí el pelirrojo no es solo un color de pelo, es una actitud. Históricamente la leyenda ha rodeado a los pelirrojos y se les ha llegado a acusar de brujería; pero también a la diosa Europa –una mujer sin miedo– se la retrata pelirroja casi siempre. Mucha gente me conoce más por mi color de pelo que por mi cara y, además, mi prioridad era trabajar de una manera local –con marcas europeas y españolas–, y el esperanto se inventó para unificar las lenguas del mundo y crear un lenguaje universal. Así que una cosa llevó a la otra y aquí estamos, intentado buscar orden a esta locura para contártelo.



¿Quién entra a este espacio? ¿Cómo es el contacto con el público?
En el espacio entra gente del barrio, turistas y paseantes. Pero los que vuelven e incluso se convierten en amigos suelen estar entre los veinticinco y los cincuenta años, tienen un nivel cultural medio alto, gusto por el diseño y una sensibilidad por la estética bastante afinada. Por suerte creo que nuestro cliente valora cómo están hechas las cosas.
Los cimientos de este espacio se basan en la apuesta por firmas nacionales, no es un panorama fácil...
El panorama de las pequeñas firmas españolas no es muy bueno. La competencia de los grandes monstruos de la moda es brutal y desleal, y de ellos tenemos en casa a los más grandes. Es imposible producir en sus precios y en sus tiempos así que las pequeñas marcas tienen que luchar por aportar otras cosas y tocar a la gente en su corazón más que en su bolsillo. Pero en contraste creo que tenemos un nivel altísimo de creatividad y una muy buena red de profesionales, apoyados por una tradición que nos avala en textil, punto, marroquinería, calzado, etc. El sello ‘hecho en España’ es sinónimo de calidad aquí y en el resto del mundo.
Fruto Studio, Abe The Ape o Papiroga son algunas de las firmas que vendes. ¿Qué atributos debe tener una marca para convivir con el resto en Rughara?
Pues la verdad es que no lo sé, no puedo concretarte. Por supuesto intento que sean coherentes con nuestra filosofía, pero también –no lo niego– es algo estético y cuestión de flechazo.

En una de tus anteriores entrevistas comentaste que apoyáis a las bandas musicales del mismo modo que dais soporte a diseñadores dentro de este espacio tan multidisciplinar. ¿Cuál es la banda sonora de Rughara? Cuéntanos algo más sobre esta conexión.
No entiendo la vida sin música y la banda sonora de la tienda según el día, del estado de ánimo y de lo que queramos trasmitir a quien entra. El equipo de Rughara suele ser bastante sensible al arte y la música, con lo que nos descubrimos bandas los unos a los otros continuamente. Y debo añadir que es una pena que, debido las normativas y el miedo a las multas, hayamos dejado de lado los acústicos que antes hacíamos con bastante asiduidad.
¿Quién te gustaría que formara parte de Rughara? Cuéntanos algo más acerca de vuestras próximas incorporaciones.
Uf, ¡que difícil, hay muchos! Cada vez que viajo quiero traerme mil marcas. Por ejemplo, en el último viaje que hice a Nueva York me reuní con Bower y me aferraba a sus espejos cual niña chica. O aquí mismo, en España, hay gente que hace cosas preciosas como Ojea o Woodendot, pero me faltan el espacio y el dinero para invertir. Y quitar a algunos para poner a otros, que después de años que cuesta muchísimo.
¿Cómo encaras el futuro? ¿Algún proyecto que nos puedas revelar ajeno este?
Mi cabeza nunca para. Esta semana te puedo contar tres proyectos que tengo en mente, distintos a los cuatro de la semana pasada y, si viajo, es probable que vuelva con más o haya descartado la mitad. En ellos cabe desde la restauración hasta la evolución de Kuraga, mi marca de joyas. Pero la expansión de Rughara fuera de España, con exclusivamente marcas españolas, es la que siempre, siempre esta ahí.

Texto
Patricia Waltz
Fotos
Cristina Címbora

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