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Mariví Ibarrola no sólo nos muestra un retrato estilístico de La Movida madrileña, sino que además quiso arañar la capa más superficial de aquellos que se pusieron ante su objetivo para captar la esencia de todos ellos, su alma. La fotógrafa y periodista criada en San Sebastián, llegó a Madrid para estudiar periodismo, tras unos años, junto a su fiel Nikkormat, fue una más de esa Movida que tan bien supo retratar. Ahora y hasta el próximo 3 de noviembre una selección de sus fotos se exponen en El Imparcial bajo el título Inmersión en la pecera.
Llegaste desde San Sebastián, donde te criaste, a un Madrid que estaba en pleno cambio. ¿Cómo afectó esto a tu visión del mundo?
Estudié en Madrid, pero tras mi último examen me marché a San Sebastián, fue como mi segunda universidad. Estuve un año y medio ahí trabajado en un bar, y me conseguí todo el equipo que tenía –la ampliadora, el carné de conducir, la enciclopedia de fotografía, dos o tres objetivos, mi Nikkormat. Después llegué a Madrid por pura casualidad y por asuntos laborales. Me llamaron para una revista joven, pues no había en ese momento ese tipo de publicaciones –había cómic y demás, pero no había revistas de este tipo. Me salió esa oportunidad y me fui a hacer un montón de entrevistas y muchas fotos; se publicaron cuatro números de esa revista. Y ahí es cuando empiezo con la inmersión en la pecera, fue una casualidad. Me encontré ahí, en la capital, y había un lado diferente a lo que nos habían mostrado en el momento. Por ejemplo, en los periódicos de información general no había secciones de música joven o de rock. Había que abrir camino para dejarnos ver y que se mostrara lo que estábamos haciendo.
¿Qué es lo que más te gustaba de Madrid en aquel entonces? ¿Y lo que menos?
Lo que más es: si Madrid te acoge, es un sitio genial. Y me gustaba conocer gente de Zamora, de León, de Castellón, de Girona, etc. Era impresionante. Me hacía mucha gracia porque nadie era de la ciudad en sí; cuando alguien decía que sus padres eran de Madrid, ¡había que celebrarlo! Así como en Londres no me sentí acogida, en Madrid sí, y desde el primer momento. Lo que menos me gustaba por aquel entonces era la soledad, porque también te podías sentir sola, aunque suene contradictorio. A veces tenías que hacerlo todo por ti misma. Esta sensación de soledad, desde tu habitación, creo que se sigue sintiendo; al fin y al cabo, es la gran ciudad.
Tomaste muchas fotografías durante los 80, un período en el cual trabajaste muchísimo. Pero, ¿qué tal te lo pasaste? Muchas de las imágenes eran de fiesta(s)…
Hombre, me lo pasé estupendamente. Hay que tener en cuenta que eso es de lo que se trata, la vida no es un valle de lágrimas tal y como dicen (aunque a veces sí). Te lo pasabas bien, pero buscando siempre esa referencia de pertenecer a algo: el decir, “yo soy de este grupo”. Me sentía un poco desarraigada y, bueno, creo que sigo estándolo. Es como decir que perteneces a un equipo de fútbol, aunque yo nunca he encontrado algo que me haga decir quiero ser esto o lo otro. 
¿Qué te llamaba más la atención a la hora de disparar con tu cámara? ¿Qué debía tener una persona o espacio para que tú le inmortalizaras?
Por supuesto, un alma. Una acción con alma, algo que a mí me gustara de la imagen. Una imagen es muy engañosa, todos podemos disfrazarnos de lo que queramos. Yo podría disfrazarme de primera ministra si lo quisiera, solo con un traje British, unas medias de seda y tacones. Mis fotos no eran sobre la ropa, creo que podría ser un engaño; el objetivo era traspasar un poco ese disparo, ese encuadre, recoger el alma de cierto personaje y saber que no me estaba engañando. Lo más importante es poder captar esa actitud, no fiarse del monje por hábito, como dicen. No quería engañar a nadie con mis fotos, y creo que lo conseguí: quería ver esa actitud, esa mirada, algo más que la fachada.
Perdona por el tópico, pero ya sabes que dicen que una imagen vale más que mil palabras. ¿Piensas que tus imágenes nos pueden explicar el estilo de vida que se llevaba en la ciudad durante esos años mucho mejor que cualquier libro?
¡Sí! Aunque parece que lo hacía todo el mundo, en realidad solamente había ochenta personas en ese mundillo, no más. No era la vida que se llevaba allí. Habían mercerías, ultramarinos, mucho pequeño negocio, etc.; y proliferaban unos cuantos bares de música. Recuerdo que había muchísimas tascas, pero, bueno, no había ni horarios –tampoco había ni seguros de coche, era todo un poco caótico en aquella época. Quizá el caos es un poco más divertido.

¿Dónde encontraste tu agrado por el mundo underground?
Lo más importante de todo son las personas. Donde yo buscaba más era en el factor humano –y sigo haciéndolo. La verdad, las personas, la sinceridad, el otro yo; aunque todo es un poco sálvese quien pueda en este trabajo. Me gusta el mundo underground, sí, pero me gustan más las personas.
Tu nueva exposición se titula Inmersión en la pecera, pero tú te lanzaste de cabeza a la piscina. ¿Cómo surgían las fotografías que nos presentas?
Pues muchas, a trompicazos y con instinto. Yo creo que mi instinto me ha solucionado la vida. Todos lo tenemos, al fin y al cabo somos animales. Es verdad que yo me lancé a la piscina, pero era el instinto. Yo me lo pasaba bien, y en esa época quería trabajar. Además, era distinto el ángulo y el momento en el que decidía disparar. Y luego, obviamente, la gente.
Tras la universidad, como no has comentado, te marchaste de nuevo a San Sebastián, pero después volviste a Madrid a trabajar mientras utilizabas una Nikkormat, que se ha convertido en uno de los objetos con los que más te relacionamos. ¿Eras consciente de que estabas llevando a cabo un trabajo documental histórico del Madrid de los 80?
No, para nada. Nunca sabemos en qué momento vivimos. Haces fotos o entrevistas –o lo que sea–, y eso quedará; irán personas a la hemeroteca y la gente dirá, ¡qué bien se lo montaban antes! Pero tú harás tu vida y vivirás el día a día. No podemos pensar que vamos a ser los mejores científicos algún día, hay que trabajar y seguir adelante para eso. Piensa que hay muchas fotos que hice que no vieron la luz hasta 2008, u otras que estaban en cajas porque no las había publicado.

Entonces, estoy segura de que en tu casa debes tener muchísimas fotos que no nos enseñas.
Sí, tengo muchísimas para digitalizar, aunque hay que encontrar tiempo y motivación. Es mi trabajo, pero también es el día a día el que vivo, y todavía hay que pagar facturas y demás. He pensado en digitalizar fotografías a color, que las tengo más olvidadas, pero hay que encontrar tiempo para ello. Y además, si lo haces, lo debes hacer bien. Confío en hacerlo poco a poco, aunque reconozco que además del tiempo también debería estar motivada. Ha habido una revolución enorme con la tecnología, todo lo que yo aprendí era con revelados en laboratorio.
Te hemos leído recordando con nostalgia la década de los 80, ¿es posible que fuesen tiempos más fáciles para fotógrafos (y para todos en general)? ¿Qué es lo que más echas de menos que te gustaría se recuperase hoy en día?
Era más fácil para los fotógrafos porque una cámara era un salvoconducto, te abría puertas. El fotógrafo siempre tenía importancia –aunque no te creas que siempre nos trataban bien. Para algunos contratantes era como si fuésemos analfabetos. Ahora quizá se abusa un poco del retoque de imágenes, que antes también había. Y quizá también hay muchísimos más fotógrafos que antes, hay sobrepoblación: te rozas, a veces no cabes en ciertos lugares, otras te piden que no entres con la cámara a algún sitio. ¡Pero todos tenemos móvil! Aunque ahora también hay una pérdida de intimidad; mucha gente se queja de no poder hacer nada porque le pueden grabar en cualquier lado.

Ahora que presentas una retrospectiva de tu trabajo en la galería El Imparcial de Madrid y miras atrás, ¿cómo te recuerdas? ¿Trabajando sin parar con tu cámara, o entre las gentes y disfrutando de la noche?
Al llevar la cámara siempre estabas pendiente; era una herramienta que pesaba cinco quilos, y todo el trabajo estaba dentro. Creo que ir con este cuidado me salvó de situaciones que podrían haber sido peligrosas o extrañas. Yo intentaba hacer las dos cosas: hacer fotos y trabajar, y luego pasármelo bien. A veces era un rollo, porque mientras los demás estaban ahí pasándoselo genial, yo estaba pendiente de que no me robaran.
¿Qué podremos ver en tu nueva exposición? ¿Hay alguna instantánea en la que debamos fijarnos especialmente?
Hay de todo: fotos divertidas, fotos entrañables. Hay una de Poch que está metido en una moto con sidecar. Son fotos divertidas que muestran a la gente pasándolo bien. Hay fotos de Radio Futura, de cómo era su público mientras bailaban...
Disparaste en los 80 pero, ¿qué hay de los 90 y los 2000? ¿También has estado documentando tu alrededor?
Sí, lo que pasa es que es diferente, el planteamiento cambia. En los 90 yo seguía haciendo entrevistas, seguía publicando, pero ya iba a algo en concreto, ya no iba buscando la fotografía. Además ya tenía dos hijos y me di cuenta de que tenía que cambiar de vida. Aunque, bueno, hacía trabajos diferentes pero yo seguía haciendo fotos. Me compré la primera cámara escáner en 1998 y empezábamos a tener internet (y era carísimo, por cierto). Empecé a digitalizar lo que tenía pero sin darle importancia. Yo he seguido haciendo cosas, y no solamente me he dedicado al mundo de la música –aunque siempre me haya acogido con los brazos abiertos.
Con tanto material, ¿te ha costado mucho hacer una selección para presentarlas? ¿Hay alguna que guardes especialmente para ti y que no quieras mostrar al público?
Me ha costado, pero siempre acabas seleccionando. Tengo tantas fotos que podría haber seleccionado muchas otras, las que he escogido sirven para mostrar el retrato de esos años 80. Aunque según la selección puedes hacer otro tipo de exposición; tengo negativos suficientes como para mostrar el retrato de otros temas.
Para acabar, nómbranos una fotografía, un lugar, una persona/personaje o una canción para que hagamos una regresión a los 80 de manera total.
Mi personaje preferido siempre ha sido Poch o quizá Kike Turmix o Andy Warhol; ambos salen en la exposición.
Inmersión en la pecera de Mariví Ibarrola inaugurará el próximo 3 de octubre en El Imparcial, Calle Duque de Alba 4, Madrid.

Texto
Sandra Iglesias

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