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Hace unos meses escuchaba a un presidente de estado afirmar que “somos sentimientos y tenemos seres humanos”. La cómica escena me condujo a recordar las teorías sobre amor y política que me había descubierto un antiguo profesor de universidad: Jaron Rowan, escritor, docente, investigador y agitador cultural barcelonés. Sus ámbitos más recurrentes son cultura, política –hace unos meses publicaba Cultura libre de Estado, editado por Traficantes de Sueños– y memes, pero aún así hemos decidido preguntarle sobre fustas, látigos y amor en tiempos de Instagram – que viene a ser lo mismo.

Jaron, ¿qué es el amor?
Empezamos fuerte. El amor puede ser muchísimas cosas, te propongo una: yo te voy a hablar del amor como si fuera un objeto de diseño, aunque depende de a quién le hagas esa pregunta te responderá una cosa diferente. Si hablas con alguien que trabaje en biología te dirá que es una serie de químicos que libera el cerebro cuando interactúas con cierta persona o cosa, si hablas con sociólogos te dirán que es una serie de comportamientos o hábitos que están adquiridos, desde la psicología te dirán que es un conjunto de sentimientos… Yo te diría, desde un materialismo cultural, que es un objeto de diseño, algo que nos hemos ido inventando paulatinamente y hemos ido diseñando a través de imágenes, objetos, ideas, situaciones, etc. Sólo a través de esta trama de cosas podemos tener algo parecido a una idea compartida de Amor.
¿El amor, un objeto de diseño?
Sí. Cualquier cosa que se diseña tiene olores, colores, sensaciones, tiene diferentes objetos que lo encarnan –e incluso sonidos. En ese sentido, el amor no es muy diferente. Podríamos empezar una genealogía de cuáles son los imaginarios imperantes del amor durante cada etapa histórica y veríamos que paulatinamente se ha ido concretando la idea de Amor romántico que tenemos en la actualidad (para este usaremos la A mayúscula). El amor en cada época tiene características diferentes, objetos de consumo particulares, espacios definidos, palabras concretas. El amor es como un entramado en el que estos elementos articulan nuestra relación con otras personas u otras cosas. Hemos aprendido el amor, viendo representaciones, relacionándonos con objetos amorosos, habitando diseños espaciales, leyendo narrativas y reproduciendo comportamientos amorosos ya existentes. El Amor no tiene nada de natural, es un objeto muy bien diseñado que paulatinamente ha ido ocupando el espacio que tenían otros amores.
Podríamos empezar la genealogía con Las tribulaciones del joven Werther de Goethe, una de las primeras obras en dar forma al Amor romántico. Miremos la estructura: una persona se enamora de otra, hay un impedimento –que puede ser la família o algún asunto social o político– y no se puede consumar el amor, pero si logran juntos solucionar dicho obstáculo hay una promesa de felicidad; si no lo logran esa promesa es de infelicidad y, en este caso, suicidio. Esa estructura narrativa está muy vinculada al amor que conocemos, y es que es precisamente allí donde nace la gran A construida a través de relatos, imágenes y narrativas. Antes de eso, en términos generales, la población no construía su vida entorno al amor, te casabas con quien te tocara –con tu primo si era conveniente para no tener que dividir la casa y los terrenos. Desde el Romanticismo lo que tenemos es una vinculación entre amor, felicidad y matrimonio, es decir, el matrimonio constata el amor, y eso nos da la felicidad. Ese tipo de relatos, que primero aparece en novelas y después en canciones e historietas, van produciendo una subjetividad muy concreta: la persona necesita producirse a través de un relato que le dé sentido. Por eso las novelas han jugado un papel tan importante en la producción del Amor.

Entiendo, el amor como percepción y relación con tu entorno y no únicamente como sentimiento romántico.
Sí, fíjate que el Amor es casi un modelo, un artefacto que afecta la vida de mucha gente y como cualquier modelo implica una idea política. Hay algo muy bestia en el Amor y es que siempre lleva una promesa de felicidad, y todo lo que te promete felicidad es muy probable que te provoque frustración, porque las promesas no tienen porque cumplirse. Cualquier persona a la que le prometen algo y le llenan la vida de objetos y formas de conducta para que esa promesa se vaya cumpliendo, se pasará la vida consumiendo esos objetos que te ayudan a estar en amor. Esos objetos pueden ser vacaciones románticas, copas, MDMA, fustas y látigos, novelas románticas, canciones pop, anillos de alianza, etc. Pueden ser mil cosas, pero todas esas cosas producen estar en amor. Lo malo es que cuando algo te promete la felicidad estarás siempre en estado de expectativa. Estar en amor tiene algo que ver con eso, con depositar en otras personas, objetos o ideas algo que te ayude a ser feliz. La cúlmen del Amor es estar enamorado, ese momento de desquicio temporal de pura intensidad que generalmente anhelamos –por lo general, cuando se diseña Amor, se trabaja con la nostalgia y el anhelo de estar enamorados–, y vivimos enganchados a esa promesa de subidón. 
¿Por qué el amor es político?
El amor es político porque produce comportamientos y formas de subjetividad. Es decir, el Amor romántico debe su éxito a que al principio era un mecanismo de liberación, especialmente para las mujeres. A través de una decisión individual, tú decidías con quién querías vincular tu vida, rompías con la tiranía de la familia, con el yugo de la tradición, con la podredumbre que es el destino. Las mujeres podían escapar de su vida a través del amor. Esto está presente en muchos cuentos y relatos de la época, como La Cenicienta, por poner uno de sobras conocido. Son fábulas de ascenso social a través del amor. Escapar de madrastras, hermanas perversas y padres crueles enamorándote de un príncipe. Lo malo es que lo que al principio era una promesa de libertad ahora se ha convertido en una nueva forma de dominación.
Si no existía un ideal de amor en el imaginario colectivo, ¿cómo es posible que a día de hoy se trate de un sentimiento con el que los individuos empaticen de forma colectiva?
Hasta el siglo XX lo que vemos es cómo el amor romántico se convierte en la única forma de amor, lo vemos en el cine de Hollywood, en obras de teatro, en la música pop… Con esto se normaliza un amor heteronormativo, destinado a la reproducción, donde siempre hay un punto de sumisión. Todas y todos hemos visto escenas de amor hasta la saciedad. Hemos aprendido a querer de una forma muy estrecha y limitada. Hay pautas de comportamiento marcadas, imaginarios que reproducir y objetos de consumo que ayudan a poder reinterpretar las escenas que tantas veces hemos visto y leído, si haces eso bien llegarás al gran amor. (Risas) Lo que estamos viendo ahora es como, a contraposición del gran relato que siempre acaba en boda, desde finales de los años noventa o dosmiles hay elementos de ficción que empiezan a tratar el qué-pasó-después. Kramer contra Kramer es de las primeras películas de divorcios, Separados con Aniston y Vaughn va en la misma línea pero es más reciente. Empezamos a ver algo donde ya no hay final feliz sino que se explora que el gran amor se acaba, que ya no es la aspiración total, y eso nos abre nuevos imaginarios –desde la ficción, pero todo lo que pasa en la ficción también está pasando en la realidad.

Así que la culpa es de Hollywood, ¿todo el imaginario creado con las primeras obras románticas de finales del siglo diecisiete y principios del dieciocho empieza a mutar a principios de los años noventa?
Sí, llevamos casi doscientos años aprendiendo a querer de una forma. Todos tenemos una princesa Disney dentro. Cuando nos desviamos de ese camino, de alguna forma nos da la impresión de estar haciendo algo mal. Uno de los proyectos políticos que urgen nos llevaría a reimaginar nuevas formas de amor o aniquilar a nuestras princesas de Disney interiores y que nos permitieran así tener nuevos objetivos; pero matar a una princesa de Disney que lleva tanto tiempo dentro de ti no es fácil, es un reto. Aquí recomiendo mucho los textos de Brigitte Vasallo, por ejemplo, o el trabajo que se hace desde la revista Pikara.
¿Por qué duele el amor?
El amor en parte duele porque el amor es una medida de valor. Esto nos lo dice Eva Illouz. Tiene que ver con un cambio importante que tiene lugar a finales del siglo diecinueve y principios del veinte, cuando la división social por clases se vuelve más difusa. Como decíamos antes, las personas empiezan a elegir con quién se casan y con quién no se casan, todas las sociedades tradicionales –que se han basado en la familia, en las clases sociales y en un orden social muy fuerte– se empiezan a desestructurar. Una suerte de orden social se destruye, un orden que le decía a todo el mundo cuánto valía, qué lugar ocupaba. Cuando eso desaparece, vemos que de repente nadie sabe muy bien cuánto vale. ¿Por qué? Porque si soy un rey sé que lugar ocupo o si soy un barrendero sé quién está por encima de mi, pero cuando hay más movilidad y ya no está tan claro si un profesor es mejor visto socialmente que un diseñador (ya te digo que no), establecer la valía de alguien resulta más difícil. ¿Cuánto valgo? El valor ya no me lo dictamina un agente externo –entonces en el siglo XX aparece una crisis de gente que no sabe muy bien qué vale.
¿Pero qué tiene que ver ser pastelero con que el amor duela?
Sí, sí, ya llego. Hay una invención de la psiquiatría desde la década de los cuarenta o cincuenta que es la palabra ‘autoestima’, es cuando tú no tienes una medida de valor propio. ¿Qué te da el amor? Te da una medida de valor. Una persona que cada día se despierta, te mira y te dice “yo te he elegido a ti, porque te valoro”. Cuando tu pareja te dice “te quiero mucho” te está diciendo que para ella o él eres muy valioso. Entonces, cuando tú no sabes muy bien lo que vales y estás pendiente de redes sociales que te den likes y estás todo el rato con una autoestima inestable, si hay una persona que cada día te dice cuánto te quiere, el valor se te regula. Si tienes la autoestima más o menos regulada por el otro, y el otro desaparece, ¿cuánto vales? Difícil saberlo, pero tú sientes que no vales nada, caes en picado, eso duele mucho. Porque cuando no vales nada te echas en el sofá, lloras, comes mucho helado, engordas, no te importa tu físico… ¿Por qué? Porque sientes que ya no tienes valor, y el gran reto del amor es valer lo mismo estando dentro o fuera de él. Ese es el gran reto: no depositar nuestro valor en que el otro te quiera, en ser valorado por otro.
¿Y por qué la mayoría no cree posible que quien nos hace daño pueda querernos también?
Yo creo que eso es un dicho popular muy raro, que existe para justificar la violencia de género. A parte de eso creo que cuando uno o una se abre a otro, básicamente lo que se tiene que hacer es vulnerable, y cuando uno es vulnerable es más proclive a que esa persona le pueda hacer daño, porque estás más abierto. Pero una cosa no justifica la otra.
Aceptar nuestra vulnerabilidad es un buen consejo.
Claro, para estar en sociedad hay que ser un poco más vulnerables, romper nuestras super-identidades y aceptar que nos tiramos pedos, que nos desmontamos de vez en cuando, que no siempre estamos guapos, cosas que no forman parte del personaje que nos construimos. Eso en una relación desaparece, te encuentras al otro puro, tal como es, porque puedes sostener un artífice de yo soy ‘muy así o muy asá’ pero al final cuando pasas veinticuatro horas con alguien algún pedo se te escapa, te ves obligado a aceptar lo que eres y entonces te expones, y ese exponerse tienes que hacerlo porque crees en ese proyecto, en ese amor. Para amar hay que ser un poco vulnerable, va junto. Y no es algo malo, es aceptar lo que somos, pero vivimos en un imaginario del ‘eres fuerte versus eres vulnerable’, cuando ser vulnerable no es lo opuesto a ser fuerte.

Estoy totalmente de acuerdo. Pasando a otro tema, últimamente se escuchan más términos como poliamor, heteronormatividad o asexualidad, pero no tengo muy claro si ya forman parte de la conciencia colectiva o únicamente son familiares para aquellos interesados en el tema.
A mí me da la impresión de que desde la década de los setenta, sobre todo en los Estados Unidos, se empezó a poner en crisis la gran A y se empezaron a explorar otras formas de amor. Eso tiene que ver con el empoderamiento de la comunidad LGTB en San Francisco, por ejemplo, con la lucha por la diversidad sexual. Empiezan a cambiar los imaginarios y aparecen los hippies explorando formas de amor diferentes, pero aún desde la imposibilidad de imaginar otras cosas mucho más allá –al final se trataba de maridos que se iban a fiestas medio orgiásticas mientras la mujer estaba en casa cuidando a sus hijos. Los hippies u otras comunidades alternativas no pudieron o supieron escapar de la hegemonía, del orden heredado. Por mucho que aceptes que quieres tener relaciones abiertas, que no vas a vivir en el mundo convencional teniendo una sola pareja, los celos u otras formas de posesión que has aprendido siguen apareciendo.
¿A qué te refieres cuando hablas de hegemonía?
Antonio Gramsci, un pensador italiano, proponía que pese a nuestras inclinaciones políticas, siempre hay ideas o conductas que llevamos dentro que nos pueden traicionar. Así, la hegemonía es aquel saber político que tenemos incorporado en el cuerpo. Es decir, puedes ser muy liberal o muy de izquierdas, pero hay ciertos aprendizajes que has mamado y te siguen saliendo. Podríamos llamarle el cuñado que tienes dentro. La hegemonía sería por ejemplo como cuando llegas a casa y quieres que tu madre tenga la comida hecha, sabes que la mujer no tiene por qué hacerlo, pero aún así hay algo en ti que lo sigue prefiriendo, ¿no? En nuestro deseo o conductas afectivas, hay mucha hegemonía de fondo. Cosas que sentimos o queremos, que van en contra de lo que pensamos.
¿Cuál es la situación actual?
Ya con los noventa y los dosmiles se normalizan muchas cosas, las relaciones LGTB salen del armario, la televisión incorpora algunas de estas identidades sexuales produciendo estereotipos, la teoría queer se consolida… Los imaginarios cambian pero aún así la princesa Disney está muy presente. Así el imaginario tradicional se va desdibujando pero aparece un nuevo espacio de amor muy vinculado al consumo. Paulatinamente amar y consumir se vuelven lo mismo –apenas hay espacios para el amor que no estén vinculados a un acto de consumo: salir a tomar una copa, un fin de semana romántico, regalos amorosos… Son actos de consumo. El anillo, la rosa, el hotel con encanto. Gran parte de lo que relacionamos con demostrar amor está asociado a un acto de consumo.
¿Por qué usamos redes sociales y herramientas online para buscar a nuestra ‘media naranja’ y resolver dudas sobre nuestra existencia?
Queremos escapar de la gran A, ya no nos representa, nos limita, queremos ser más fluidos sexualmente, queremos probar muchas cosas, ya no nos creemos que el matrimonio sea la promesa a la felicidad (aunque aún nos lo creemos un poco). Aparecen plataformas nuevas que facilitan el amor. Pero claro, en estos entornos amar y consumir son actos muy similares. Tienes herramientas como Tinder o Brenda que son la máxima expresión de amor como acto de consumo, ‘quiero/no quiero’ –no hay una cosa muy diferente entre consumir en Tinder e ir a un super o a un videoclub a elegir una película. Vemos como, intentando escapar del Amor y sus trampas, nos hemos metido en otras: en el amor como acto de consumo, ese creo que es el post-amor que tenemos ahora, el amor hipster o como quieras llamarle.

“El amor duele porque es una medida de valor, y el gran reto es valer lo mismo estando dentro o fuera de él. ”
¿Cómo defines este ‘post-amor’ del que hablas?
El post-amor es un palabro que usamos para nombrar lo que viene después del Amor. Puede ser muchas cosas, va desde las formas de amar que están extremadamente vinculadas a consumir a formas experimentales de querer. Durante gran parte del siglo XX ‘amor’ implicaba establecer un vínculo fuerte con el otro o la otra, muchas veces incluso demasiado fuerte, era de por vida. En algunas formas de amor contemporáneo comprobamos cómo se rompe el gran vínculo, eso en parte es liberador. Pero también abre a la posibilidad que de repente puedas usar al otro en una relación mucho más utilitaria, consumir y tirar, como si se tratase de una camiseta de H&M. La compro porque es barata y no me une ningún vínculo. Hemos pasado del paradigma del super-compromiso al paradigma de la objetificación: eres un objeto de consumo más, y estás dentro de cualquier otro objeto de consumo; igual que me compro una camiseta barata o me voy a un hotel barato de Easyjet, puedo tener relaciones. En la búsqueda de una salida a la gran A, el mercado ha puesto todas estas soluciones, pero son soluciones de consumo y no están inventando nuevas formas de amar, sino nuevas formas de consumir, que es el paradigma en el que vivimos y ahí es donde está la trampa. Habría que intentar escapar de esta trampa.
Aquí aparece el amor como objeto de diseño también, ¿no?
Sí, como te decía, el amor es otro objeto de diseño. Ha cambiado pero vuelve a ser un objeto de diseño, con algoritmos de predicción de a quién querrás y a quién no querrás, numerosos objetos de consumo amoroso… Si buscas fotos de Instagram de amor, verás que casi todos están consumiendo algo, aunque solo sea el teléfono con el que sacan la foto. ¿Es posible querer a alguien si no tienes una cámara de fotos y una cuenta en Instagram? ¿Cómo demuestras que quieres a alguien si no tienes eso? No es una pregunta cínica, sólo quiero incidir en las tecnologías que producen amor en cada época.
(Risas) Ya, es imposible.
Es imposible, porque ratificar el amor es subir a Instagram una foto de amor, ¿no? Querer es demostrar el amor y los objetos de amor que eso conlleva. A día de hoy es muy difícil querer sin consumir. Por eso el amor sigue siendo político, pese a que estamos buscando nuevos imaginarios y hemos escapado de formas de amar opresivas, el amor-consumo nos atrapa. Siempre que se aprende a querer de forma diferente se abre un momento emancipador que progresivamente se volverá conservador.
Entiendo. En el artículo que escribiste para el segundo tomo de (h)amor, junto a Silvia Nanclares, hablas también de romper costumbres, ¿no?
Junto a Silvia Nanclares escribimos un capítulo sobre la soltería como otro espacio a conquistar. El Amor ha producido miles de hábitos de consumo pensados para dos: el restaurante, las vacaciones, el hotel, el parque de atracciones, etc. El soltero o la soltera parece que es el gran perjudicado de todo esto- Si decides que quieres vivir tu vida solo, de repente llegas a una mesa de restaurante y siempre es como “¿Esperas a alguien?” (Risas) Está todo preparado para que sea un consumo en pareja, entonces el soltero nunca encaja. El amor como acto de consumo necesita a dos personas –otra cosa es explorar la situación cuando eres un trío o un cuarteto, pero eso ya es otra historia–. En ese artículo lo que pensamos fue cómo politizar la figura de la soltería, cómo definirla como algo activo, el deseo de ser soltero o soltera.

¿Crees que se puede aprender a amar de forma diferente?
No te queda otra. El proyecto político es aprender a querer de muchas formas. Para conseguirlo hay que hacer mucho trabajo, propio y colectivo. Hay que aprender a querer, escapar de las hegemonías, poco a poco ese cuñado que llevamos dentro nos acabará atrapando: “Debería estabilizar mi vida”, “estoy follando demasiado”, “debería casarme ya”. La lucha es con uno mismo pero también con la comunidad y personas con quienes nos queremos, por eso creo que el proyecto político no es aprender a querer sólo de otra forma, sino como comunidades. Querernos de formas más complejas. Es un proyecto de transformación comunitario, no de individuos. Si tu sola quieres querer de forma diferente y los demás te siguen juzgando no irás a ninguna parte.


Texto
Mireia Pascual
Retrato
Denisse García

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