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¿Te imaginas un lugar donde leer siempre va más allá? Este lugar existe y se llama Escola Bloom. Sus fundadores, Borja Bagunyà y Lana Bastasic, tienen claro que la única manera de evitar que la literatura se convierta en un florero inerte es leyéndola, criticándola, reescribiéndola, haciéndola circular. Pero el proyecto es aún más ambicioso: juntar en un espacio el talento que se encuentra disgregado en el panorama literario, el espíritu crítico, las personas hambrientas de literatura. Entre esas cuatro paredes los mejores docentes impartirán, a partir de este otoño, clases de escritura creativa y seminarios de literatura como el de Foster Wallace, Virginia Woolf, literatura japonesa, contemporánea, y muchísimo más.
Antes de nada, ¿se puede enseñar a escribir?
Se pueden generar las condiciones para que suceda la escritura. Se pueden compartir dudas, procesos, lecturas. Se pueden compartir distintas soluciones (siempre provisionales) a un mismo problema. Es decir, se puede hacer lo que todos los escritores han hecho siempre, de modo más o menos espontáneo, que es pensar juntos lo que hacen, reunirse, leerse. Eso es lo más parecido a enseñar que uno puede encontrar en literatura. Lo menos parecido es la reducción a la fórmula o la conversión de la escritura, que siempre ha sido un proceso de exploración, a la aplicación de un método o de una receta.
¿Cómo nace esta escuela, con qué motivación? 
La idea principal que hay detrás de la Escola Bloom es la de poner la literatura en el centro, sin excusas, es decir, sin tener que esconderla entre vermuts o tener que espectacularizarla como si, por sí misma, no fuese suficientemente interesante. Además, en esta ciudad hay un montón de talento y de energía que parece no encontrarse, o no tener demasiados espacios donde hacerlo. La Escuela nace para que todo este talento se encuentre y comparta pasiones, lecturas, investigaciones que no puede desarrollar en otros ámbitos.
La escuela le debe el nombre al famoso personaje ideado por Joyce en Ulises. ¿Por qué este personaje?
En primer lugar, porque nos encanta el Ulises. Pero, además, porque el Ulises celebra todo aquello que queremos que sea la escuela: celebración del lenguaje, sí, pero también de la vida, de la tradición clásica y de la modernidad más radical, de la referencia más sofisticada y del chiste más grotesco. Y porque su protagonista es un héroe griego y un tipo cualquiera. No elige un aspecto de la realidad y ignora el resto: las reúne todas y consigue sacar algo con sentido.

Tenéis cursos muy diversos: de escritura creativa, de literatura, monográficos sobre autores, seminarios e incluso ofrecéis servicios de tutorización personalizada para escritores. ¿Cómo se decide todo el programa para este primer curso? ¿Teníais ya unos docentes en mente que os han condicionado o viceversa?
Una mezcla de los dos, diría. Teníamos una serie de nombres con los que nos gustaría trabajar –gente que nos encanta como trabaja, que admiramos, que creemos que tiene cosas interesantísimas que decir– y, a la vez, teníamos una idea clara del tipo de seminario que queríamos ofrecer. Rigurosos, sin ser solemnes. Seminarios de autor, que escapen de los cursos de método. Básicamente, les preguntamos a nuestros profesores qué es lo que les apasiona, lo que no se pueden sacar de la cabeza, los libros que no pueden evitar volver a comprarse, etc. y, de ahí, si ven la posibilidad de montar un seminario sobre ese tema, y el seminario encaja en la filosofía de la escuela, lo montamos. Así empezamos programando un seminario de lectura de sagas nórdicas, uno sobre Beckett como lector de Proust, uno sobre la Jane Austen alternativa…
La diversidad tiene que ver también con un interés por salir un poco de los formatos a los que nos hemos acostumbrado en Barcelona, es decir, la conferencia magistral del gran nombre (que ojo, puede estar muy bien) y la presentación de libro. Si uno lo piensa, el momento de la presentación (de la publicación) de un libro es el peor momento para hablar de él: el público apenas ha tenido tiempo ni ocasión de leerlo, por lo que el autor tiende a buscar razones para incitar a la lectura en vez de hablar sobre lo que ha escrito. Nos interesaba volver al formato del seminario, de la lectura intensiva, detallada de un autor o de un texto, porque es un formato que sale de la pasividad de la conferencia magistral y porque es un tipo de trabajo que nos devuelve un tiempo que la aceleración del día a día nos niega. Tiempo para leer, para pensar lo leído, para aprender realmente sobre lo que nos interesa. Al fin y al cabo, ¿no es eso lo que querríamos hacer con todo? ¿Dedicar nuestro tiempo a lo que nos gusta, a lo que nos hace felices? Bueno, a nosotros nos hace felices la literatura en todas sus formas, en todos sus aspectos. De ahí, quizás, la diversidad.
Un escritor: ¿talento, inspiración o técnica? 
Talento, inspiración, técnica y, sobre todo, trabajo. La técnica es fascinante, pero por sí misma no sostiene una obra (más allá de la pirueta); el talento sin técnica, por otro lado, es casi impensable. ¿En qué se muestra el talento, si no es, entre otras cosas, a través del dominio del lenguaje? Y si uno espera sentado la inspiración para ponerse a escribir, lo más probable es que consiga un buen dolor de riñones.

“La idea principal que hay detrás de la Escuela Bloom es la de poner la literatura en el centro, sin excusas.”
Eres un escritor, enseñando a escribir. 
Somos escritores compartiendo lo que creemos haber aprendido de nuestra propia escritura y de nuestras lecturas. Eso no quiere decir que nuestro modo de pensar la escritura valga para todo el mundo, ni lo querríamos para nada. Pero estamos convencidos de que hay algo que aprender de alguien que se ha pasado (y se pasa) la vida leyendo y escribiendo. Cuando Barthelme o Foster Wallace (o Stegner, o Vonnegut o Barth) planteaban sus seminarios de escritura, no lo hacían con la pretensión de saber cómo debe escribirse, pero no dudo que se puede aprender muchísimo del modo cómo estos tipos leen y escriben y trabajan.
En tu opinión, y siendo profesor en el departamento de Teoría Literaria, ¿se puede escribir sin saber de teoría? ¿Cómo pueden converger en ti estas dos vertientes? ¿En qué medida encuentras útil la escritura creativa para aquel que se considera un teórico?
Claro, se puede escribir ignorando tantas cosas como se quiera; lo que hay que ver es lo que sale de esa escritura. Uno no ‘tiene que’ estudiar teoría, ni ninguna otra carrera, para escribir, es cierto. Pero también es cierto que no hay ningún gran escritor que no haya reflexionado sobre su profesión, sobre su sentido o sobre sus posibilidades, de un modo u otro. Llamar a esa reflexión ‘teoría’, sobre todo después de su institucionalización como disciplina académica, quizás sea demasiado. Pero sólo tienes que leer el primer clásico que veas: vas a encontrar ahí una definición en marcha de lo que se entiende por literatura, y un rechazo (paródico, irónico, implícito, del tipo que sea) de lo que se desdeña. En este sentido, diría que no hay literatura que no sea una reflexión sobre el hecho literario. En ese sentido, la teoría no añade nada al texto; simplemente, lo hace más explícito, lo plantea en términos distintos: ahí sí, académicos o academizables.
No sé qué es lo que un teórico puede encontrar en la escritura; antes que nada soy un escritor que enseña teoría. Quizás lo plantearía al revés: qué es lo que un escritor puede encontrar en la teoría. Y ahí, lo que me parece útil es la posibilidad de conocer y entender mejor el diálogo en el que uno entra cuando escribe algo.
Aquí podemos entrar en una ligera controversia: eres profesor en la Universidad de Barcelona, y alguno de los docentes de Bloom también lo son. ¿Cómo ves que la escritura creativa deba impartirse en centros diferenciados de la Academia y no se haya encontrado en este país una manera de poder conjugar estas realidades como sí sucede en las universidades americanas, por ejemplo?
Creo que sería interesante que las relaciones entre la Academia y la escritura fueran un poco más naturales, un poco más relajadas, fuera de esa polaridad un poco forzada entre un espacio de creación que ‘no sabe lo que hace’ y uno de evaluación que, presuntamente, pondría a cada cual en su sitio. En este sentido, la integración que comentas del caso norteamericano, con los MFA famosos, me parece que tiene sentido, aunque también se ha debatido mucho sobre las consecuencias de la institucionalización de la escritura creativa. Pero también pienso que esta independencia de la academia y la escritura puede ser buena, siempre y cuando no se ignoren. Nos da un mayor margen de flexibilidad: para limitar lo académico ahí donde pretende ordenar demasiado la escritura y para permitir a los profesores desarrollar investigaciones que quizás no se ajusten a lo que las agencias de calidad universitaria entienden que es ‘académicamente relevante’.

¿Cómo ves el panorama literario actual?
Uy, el panorama literario actual, así en general, es demasiado amplio como para tener una opinión clara. Lo que sí me parece claro es que vivimos un momento de una vitalidad y una diversidad sorprendente, que me gustaría creer que es signo de algún tipo de cambio en las inercias que se habían instalado en el mundo literario. Veo talento, veo riesgo, veo un montón de futuro. Aunque, por otro lado, salvo algunas excepciones admirables, se ha diluido preocupantemente la discusión. En general, hemos sustituido la crítica por la celebración y el autobombo. Hace falta conquistar espacios donde uno pueda cuestionar un texto sin que eso implique cuestionar al autor. Pero bueno, es un tema para varias entrevistas…

¿Qué consejo le darías a una persona que por vergüenza o prejuicio cree que la escritura creativa no es para ella?
Que en la Escuela lo que haremos es compartir soledades y, en la medida que podamos, enriquecerlas.


Texto
Marina Llompart
Fotos
Juan Diego Valera

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